La honestidad por los huevos
Hace unos años, en un cumpleaños al que me habían invitado en Madrid un señor sostenía un discurso muy pintoresco. Parecía de los años setenta del siglo pasado, lo cual no tiene nada de malo si de veras pensaba así, pero el hombre carecía del atributo de la duda. Yo no lograba imaginarme qué motivación podría tener alguien que ya conoce todas las respuestas para levantarse cada día y encontrar alguna razón que le permitiera continuar viviendo.
Para él todo capitalista era un saqueador. Un rico solamente podía haber llegado a esa condición luego de explotar a sus trabajadores y de engañar a sus clientes, jamás en algún caso por haber ideado un producto o servicio que el prójimo pensara que le haría menos miserable la vida y comenzara a consumirlo sin que nadie se lo impusiera (como el Whatsapp que él miraba de manera compulsiva, un servicio ofrecido por una empresa del chico Mark Zuckerberg, norteamericano y para colmo judío, dos condiciones que no resultan muy gratas que digamos a ese tipo de personas).
Para apiadarme del anfitrión y evitar que la reunión transitara por carriles conflictivos me puse a hablar de “la mar y los peces”, como dicen ahí. Pero lo hice horriblemente mal, sin querer añadí más leña al fuego. Comenté que había visto una publicidad de un famoso pastelero que ofrecía un huevo de Pascua a noventa y cinco euros. Manifesté que yo solamente pagaría esa suma por quinientos gramos de chocolate si estuviera demasiado borracho. Aunque agregué (y esa fue mi cruz) que de todos modos celebraba que existiera mercado para ofertas como esa, como los hay de yates pese a que yo jamás podría comprarme ninguno. Dije que yo pensaba al respecto lo que pensé cuando en ese manicomio a cielo abierto que es la ciudad de Nueva York vi el mismo día una limusina para transportar mascotas y un local adonde la gente iba a tirar al blanco con hachas: que ofrecer cosas para complacer a consumidores excéntricos, caprichosos o aparentemente descerebrados no deja de tener sus beneficios, de esos que los economistas llaman “externalidades positivas”. Gracias a que hay personas que compran ese huevo carísimo sin que nadie las obligue, el pastelero tiene una cadena de locales que paga alquileres, emplea gente y contribuye con los impuestos que pagan el salario de los empleados públicos (el señor setentista era empleado de un ministerio). Su comentario: “joder, da igual, en cualquier caso ese no es un precio honesto, debes comprárselo a una entidad benéfica”.
Me maravilló que el hombre manifestara que un precio ofrecido por alguien que no tiene un monopolio (algo que sólo puede durar si el gobierno impide la entrada de nuevos jugadores) pudiera tener alguna relación con la honestidad. Para mí es como decir que tiene que ser biodegradable, o endecasílabo. Recordé que en Italia, cuando ponen en las redes comentarios sobre restaurantes suelen usar también la expresión prezzi onesti, que yo creía simplemente un sinónimo de “accesible”. Me angustió que yo pudiera convertirme en cómplice de la deshonestidad humana si decidiera comprar un huevo de Pascua.
Escuchar a otro siempre sirve. La exigencia de honestidad no me disgustó del todo como idea porque imaginé que podría aplicarla al revés, no para aspirar a que un precio se abaratara, sino para encarecerlo. Si yo quisiera cobrar mi hora de trabajo de manera “honesta” para que retribuyera todo lo que he invertido en libros, cursos y viajes en el casi medio siglo que hace que ingresé en la universidad, nadie me pagaría ese honorario. La idea de ser explotado por mis clientes me pareció atractiva. La posición de víctima es siempre más poderosa para manejar al prójimo que la de verdugo.
Con la esperanza de acercar las posiciones en materia de moralidad, le dije al hombre que me parecía difícil separar el club de los buenos del de los malos por sus respectivas listas de precios, además de lo difícil que resulta elegir a quién le damos la autoridad para trazar esa raya, y decidir el tamaño del garrote que le daremos para que la haga respetar. Detrás de los huevos que vende una entidad filantrópica hay decenas de empresas que proveen las materias primas y los servicios, y no precisamente por beneficencia. Sólo en el último eslabón de esa extensa cadena de valor hay una motivación altruista. En el jardín de una parroquia de Vigo no podría crecer el cacao. Habría que cultivarlo en un invernadero a un costo absurdo, o encontrar a algún cura de Ecuador que lo produjera en cantidades suficiente como para justificar su expedición puerta a puerta hasta Galicia. Más difícil sería que una fundación de ayuda a los huerfanitos de Murcia construyera y operara su propia red de telecomunicaciones para que le pudieran encargar los huevos por teléfono.
La distensión llegó cuando mencioné que no todos consideran incompatibles el lucro y el buen corazón. Les Luthiers contaban que los monjes benedictinos y sus colegas capuchinos habían resuelto compartir convento para bajar gastos. El cartel de la puerta decía: CAPUCHINOS & BENEDICTINOS. CAFÉ Y LICORES.
-Ω-

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