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Mostrando entradas de julio, 2026

La semántica, en una oficina pública

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Concurrí a la ANSES de General Pacheco a pedir mi jubilación. Reproduzco el diálogo que tuve con una amabilísima y eficiente empleada que se identificó como “Mica”, - Listo. Ya está todo ingresado. - Muchas gracias, Mica. Todo OK. ¿No? - Sí, pipícucú. Ojalá todo el mundo tuviera las cosas tan prolijas como vos. Calculá que recién tipo en dos meses se te va a conceder la jubilación. - ¿Cómo dijiste? ¿”Conceder”? Esta relación entre un nuevo jubilado y la autoridad previsional empezó de manera desastrosa. Te pido por favor que no uses ese verbo. En todo caso decí “reconocer”. - ¡Ja, ja, me hacés reir, Marce!  - Pero yo no estaba jodiendo, Mica. Me está agarrando un pequeño temblor en el mentón. Escuchar eso me hace sentir mal. - Tranca, tipo quise decir tipo que vas a empezar a cobrar el beneficio … - Pará, pará, que me estoy sintiendo peor. En cualquier momento vas a tener que pedir una ambulancia, en esta oficina se va a armar flor de quilombo y mañana vos y yo vamos a sali...

Los literatos se entretenían así

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          Allá por 1942, el mundillo de los escritores argentinos daba importancia, acaso excesiva, a los premios literarios. Un grupo organizó una “cena de desagravio” a Borges, que había sido eliminado de la competencia por el Premio Nacional de Literatura. Faltaba mucho para que naciera la "tradición escandinava" de negarle el Nobel al argentino.          Podría maravillarnos que alguien supusiera que, si se juntaba a comer con la víctima de un agravio que le habían prodigado otros, ese mal desaparecería. Pero de eso se tratan los ritos, anidan en la idea de que una actividad simbólica hará que alguna fuerza superior modifique la realidad. Puede tratarse de la danza de la lluvia de los bosquimanos o de la ceremonia de cualquier liturgia.           Alejandro Vaccaro transcribe en En Borges, vida y literatura (Emecé, Buenos Aires, 2023) lo que leyó en la ocasión Eduardo González Lanuza:    ...

Lo que provoca tomar un libro

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Un amigo que me sabe admirador de Borges (admirador algo irracional, admito) me pregunta si determinado poema es del escritor. No entiendo bien por qué no se lo preguntó a la inteligencia artificial, que rara vez alucina frente a consultas tan elementales. Yo también se lo pregunto al robot, pero por mero gusto voy también al estante que me recuerda el tiempo en que para mí los libros eran de papel. Tomo las Obras Completas , el volumen verde de la legendaria edición de Emecé de mediados de los años setenta. Confirmo que el poema efectivamente está allí y respondo a mi amigo. Mientras devuelvo el libro a su lugar (en realidad, a “algún lugar”, porque eso que llamo “la biblioteca” carece de todo atisbo de orden) me asalta un pensamiento algo nostálgico. Recuerdo que lo compré cuando tendría dieciséis años. Lo asombroso es que no fue en El Ateneo , ni en Alberto Casares , ni siquiera en la librería Ross de Rosario. Lo encontré en el localcito que había puesto en mi pueblo natal la fami...