Lo que provoca tomar un libro
Un amigo que me sabe admirador de Borges (admirador algo irracional, admito) me pregunta si determinado poema es del escritor. No entiendo bien por qué no se lo preguntó a la inteligencia artificial, que rara vez alucina frente a consultas tan simples. Yo también se lo pregunto, pero por mero gusto voy también al estante que recuerda el tiempo en que para mí los libros eran de papel. Tomo las Obras Completas , el volumen verde de la legendaria edición de Emecé de mediados de los años setenta. Confirmo el dato y respondo a mi amigo. Mientras devuelvo el libro a su lugar (en realidad, a “algún lugar”, porque eso que llamo “la biblioteca” carece de todo atisbo de orden) me asalta un pensamiento algo nostálgico. Recuerdo que lo compré cuando tendría dieciséis años. Lo asombroso es que no fue en El Ateneo, ni en Alberto Casares, ni en la librería Ross de Rosario. Lo compré en el localcito que había puesto en mi pueblo natal la familia López Morillas, que por eso la recuerdo. No debí encarg...