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La semántica en una oficina pública

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Concurrí a la ANSES de General Pacheco a pedir mi jubilación. Reproduzco el diálogo que tuve con una amabilísima y eficiente empleada que se identificó como “Mica”, acaso por “Micaela”. - Listo. Ya está todo ingresado. - Muchas gracias, Mica. Todo OK. ¿No? - Sí, pipícucú. Ojalá todo el mundo tuviera las cosas tan prolijas como vos. Calculá que recién tipo en dos meses se te va a conceder la jubilación. - ¿Cómo dijiste? ¿”Conceder”? Esta relación entre un nuevo jubilado y la autoridad previsional empezó de manera desastrosa. Te pido por favor que no uses ese verbo. En todo caso decí “reconocer”. - ¡Ja, ja, me hacés reir, Marce!  - Pero yo no estaba jodiendo, Mica. Me está agarrando un pequeño temblor en el mentón. Escuchar eso me hace sentir mal. - Tranca, tipo quise decir tipo que vas a empezar a cobrar el beneficio … - Pará, pará, que me estoy sintiendo peor. En cualquier momento vas a tener que pedir una ambulancia, en esta oficina se va a armar flor de quilombo y mañana ...

Los literatos se entretenían así

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          Allá por 1942, el mundillo de los escritores argentinos daba importancia, acaso excesiva, a los premios literarios. Un grupo organizó una “cena de desagravio” a Borges, que había sido eliminado de la competencia por el Premio Nacional de Literatura. Faltaba mucho para que naciera la "tradición escandinava" de negarle el Nobel al argentino.          Podría maravillarnos que alguien supusiera que, si se juntaba a comer con la víctima de un agravio que le habían prodigado otros, ese mal desaparecería. Pero de eso se tratan los ritos, anidan en la idea de que una actividad simbólica hará que alguna fuerza superior modifique la realidad. Puede tratarse de la danza de la lluvia de los bosquimanos o de la ceremonia de cualquier liturgia.           Alejandro Vaccaro transcribe en En Borges, vida y literatura (Emecé, Buenos Aires, 2023) lo que leyó en la ocasión Eduardo González Lanuza:    ...

Lo que provoca tomar un libro

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Un amigo que me sabe admirador de Borges (admirador algo irracional, admito) me pregunta si determinado poema es del escritor. No entiendo bien por qué no se lo preguntó a la inteligencia artificial, que rara vez alucina frente a consultas tan elementales. Yo también se lo pregunto al robot, pero por mero gusto voy también al estante que me recuerda el tiempo en que para mí los libros eran de papel. Tomo las Obras Completas , el volumen verde de la legendaria edición de Emecé de mediados de los años setenta. Confirmo que el poema efectivamente está allí y respondo a mi amigo. Mientras devuelvo el libro a su lugar (en realidad, a “algún lugar”, porque eso que llamo “la biblioteca” carece de todo atisbo de orden) me asalta un pensamiento algo nostálgico. Recuerdo que lo compré cuando tendría dieciséis años. Lo asombroso es que no fue en El Ateneo , ni en Alberto Casares , ni siquiera en la librería Ross de Rosario. Lo encontré en el localcito que había puesto en mi pueblo natal la fami...

Hacer como los romanos

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Ha pasado un carretero/ que va cantando un cantar/ ¡Romero, para ir a Roma / lo que importa es caminar! / A Roma por todas partes, / por todas partes se va . Antonio Machado       T engo algunos amigos que son “romanistas”, gente estudiosa que encuentra en Roma el origen de muchas cosas, su sistema de normas en primer lugar. Es admirable que dos milenios después se mantengan íntegramente romanos muchísimos de nuestros principios y soluciones para "administrar la convivencia un poco mejor que con el garrote", que así defino al Derecho.          Aunque debemos a los romanos esas y otras maravillas (hay que sentarse un minuto sobre una grada de la Arena de Verona para darse cuenta de eso), también parecemos haber heredado de ellos algunos problemas a la hora de poner en funcionamiento las leyes. Había también en la Antigua Roma, al parecer, cierto  contraste entre la abundancia de normas y la debilidad de las instituciones. La realidad y la...

El gaucho y la China

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Soy (lo saben mis amigos) pretecnológico. No tengo la menor idea sobre qué hace extraordinarios a los automóviles que fabrica Elon Musk, el Leonardo da Vinci de ahora. En materia de autos, yo los cambio una vez que la vergüenza de mis familiares se vuelve intolerable. Por eso, debe pasar bastante más de una década para que yo me sorprenda con las innovaciones que trae esa industria.  Recuerdo que una vez, allá por los años noventa, fui a comprar uno y le dije al vendedor “deme el más barato que tenga aire acondicionado y radio”. El hombre me contestó “señor, todos, incluso el que se va a comprar usted, tienen esas dos cosas y además reproductor de CD ”. Ahora tengo uno nuevísimo. Nada más que tres años tiene. Sigo sin creer que el limpiaparabrisas sea capaz de adivinar cuánta agua cae y regule solito la frecuencia con que se mueve. Cuando llueve me siento Steve Jobs probando el prototipo de un cacharro. De modo que la intersección entre la tecnología reciente y yo únicamente ocurre...

Un vaso de agua no se le niega a nadie

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Un señor se aloja durante una semana en un hotel de la región italiana de Trentino-Alto Adige bajo el régimen de “media pensión”. Al parecer, las bebidas están excluidas del precio del paquete. Ha de ser un buen hotel, porque paga por esa semanita la friolera de cinco mil setecientos euros. Va a comer y pide que le traigan una botella de agua del grifo. El camarero le indica que el hotel no ofrece eso, y que si quiere puede ordenar agua mineral. El cliente enarbola su derecho a tomar agua corriente. Como se ve que al hombre dispone de tiempo para el extraño (y caro) entretenimiento de lidiar durante años con abogados y jueces, el entuerto recorre todas las instancias tribunalicias y finaliza nada menos que en la Corte de Casación de Italia, que le da la razón al hotel. Los jueces afirman no haber encontrado en ninguna parte una obligación legal de los comerciantes de la restauración de apagar la sed de sus clientes con eso que los italianos llaman acqua del sindaco (agua del alcalde)....

La honestidad por los huevos

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               Hace unos años, en un cumpleaños al que me habían invitado en Madrid un señor sostenía un discurso muy pintoresco. Parecía de los años setenta del siglo pasado, lo cual no tiene nada de malo si de veras pensaba así, pero el hombre carecía del atributo de la duda. Yo no lograba imaginarme qué motivación podría tener alguien que ya conoce todas las respuestas para levantarse cada día y encontrar alguna razón que le permitiera continuar viviendo.            Para él todo capitalista era un saqueador. Un rico solamente podía haber llegado a esa condición luego de explotar a sus trabajadores y de engañar a sus clientes, jamás en algún caso por haber ideado un producto o servicio que el prójimo pensara que le haría menos miserable la vida y comenzara a consumirlo sin que nadie se lo impusiera (como el  Whatsapp que él miraba de manera compulsiva, un servicio ofrecido por una empresa del chico M...