La higiene que falta
Alguien que vive en los Estados Unidos me muestra la manera en que ese héroe, ese candidato a por lo menos una beatificación llamado Elon Musk (al que le debemos en buena medida que haya más libertad de expresión en las redes sociales) eliminó a una de las criaturas más desagradables que hay: los vendedores de autos. Parece que uno entra en el salón de ventas, se sube a un Tesla y comienza a dialogar con la pantalla que hay en el tablero del auto, de donde salen las respuestas de una manera no sé si más sincera, pero por lo menos más coherente que la que da un sujeto de carne y hueso. Con el atractivo adicional de que, en la oportunidad en que sagazmente detecta el robot una vez avanzada la conversación, uno puede llevarse el auto a su casa para probarlo y devolverlo al día siguiente. Por supuesto, al devolverlo el interesado casi siempre aparece con la chequera en la mano. Del mismo modo en que Uber borró saludablemente el suplicio del taxista porteño, ese que explicaba conspiracion...