Entradas

Los abogados, gente de (muchas) letras

Imagen
  Julia Cameron escribió The artist’s way,  una especie de curso de autoayuda destinado a (¿será posible eso?) estimular la creatividad, que sigue siendo un éxito de ventas un cuarto de siglo después de su aparición. Opina que del mismo modo que los pichones de pintor a los que se ha reprimido su vocación suelen dedicarse a enseñar artes pláticas en las escuelas, los jóvenes escritores son empujados hacia la abogacía nada más que porque se trata de una profesión palabrera.  El resultado de semejante premio consuelo, me parece, es alguien que logra fracasar en los dos campos, como yo. Probablemente por eso, por el resentimiento de no haber podido ser artesanos que embellecieran el mundo con la palabra, es que los abogados se ensañan tanto con ella. No sólo no han embellecido el mundo. Se empeñan en afearlo.   Mole poblano “Apenas  había el  rubicundo Apolo  tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabe...

Defensa de la competencia por Macedonio

Imagen
                      Macedonio Fernández (1874-1952) fue un colosal escritor. Sin él, Borges habría sido imposible. Era argentino. Cuando alguien le adjudicó la condición de uruguayo, respondió:  No tengo de uruguayo más que la circunstancia de haber vivido siempre en Buenos Aires. Pero, aunque sólo sea por ociosidad examinemos, sin ocuparnos de lo que perdería el Uruguay, qué ganaría yo con nacionalidad nueva .  Sería yo de los uruguayos más jóvenes, pero es tarde para nacer . Era abogado. Alguna vez fue nombrado fiscal en la norteña provincia de Misiones, cargo del que fue echado porque jamás creyó necesario acusar a nadie. Sin embargo, alguna contribución hizo a la ciencia jurídica. En uno de los cincuenta y nueve prólogos que tiene su única novela nos entregó un magnífico ejemplo de lo que debe entenderse por ventas atadas ( tied sales ), muchísimo antes de que los téoricos del Derecho de la Competencia co...

Son cosas mias (privacidad en la Argentina)

Imagen
  No es cierto que la vida imite al arte; imita a la mala televisión. Woody Allen   Cuando Orwell escribió 1984 no había televisión. Pero el hombre había descripto un país cuyos ciudadanos estaban permanentemente vigilados por un omnímodo Hermano Mayor, o Gran Hermano, según la traducción. Ese mirón se ocupaba de sujetos cuyas vidas no tenían absolutamente nada de interesante para el prójimo. La presa podía ser un sujeto que no actuaba en política, que no era rico ni famoso, que no tenía -que él supiera- ninguna razón para escapar de nadie. En suma, un sujeto del todo gris, como yo. Alguien en mi casa recibe un mensaje del recaudador argentino de impuestos, que le dice que le llama la atención que, dados sus ingresos, no emplee a ninguna persona para que la ayude con las tareas domésticas. A mí me parecía que sólo un capataz de obraje chaqueño de hace cien años era capaz de decirle a un peón “te estoy mirando y me llama la atención que siempre andes con una bolsita en...

Gordo, pero infeliz

Imagen
  Con lo que me cuesta eso de salir a caminar casi de madrugada para bajar los gramos que tengo de más (nunca menos de quince mil), viene el mundo y conspira contra mi objetivo de ser un individuo saludable o, por lo menos, de vivir en un estado cercano a la felicidad. Como en mi caso no se verifica en absoluto ese asunto de las endorfinas que se activarían cuando uno hace ejercicio y que producirían una alegría de otro modo inexplicable (al contrario, a mí transpirar me pone de pésimo humor), condimento semejante suplicio con algún programa que me eduque, o por lo menos que me entretenga y me aleje de pecar primero de pensamiento y después, al llegar a casa, de obra. Con ese propósito escucho cualquier cosa que me ayude a completar la caminata: por mi telefonito han pasado desde una audiencia de la Corte Suprema de los Estados Unidos sobre si los supremacistas blancos tienen derecho a dar discursos en las universidades hasta una conferencia del Gran Maestre de la Masonería mex...

Utilidad de las academias

Imagen
  Me maravilla que la Academia Argentina de Letras se haya ocupado del caso del señor Cavani, al parecer espontáneamente, como una especie de amicus curiae, y haya dedicado los recursos que el gobierno quita a los ciudadanos por la fuerza a través de los impuestos para defender a ese hombre de un irrelevante entuerto inglés ( https://www.aal.edu.ar/?q=node/732 ). Parece que el club Manchester United cuestionó una expresión del futbolista oriental, que se había referido a un compañero como “negrito”. No se requiere la discutible, y en cualquier caso modesta, autoridad de una academia para trazar la línea entre la discriminación, por un lado, y los hábitos culturales, por el otro. Por aquí los extranjeros abren los ojos al escuchar cómo nos llamamos entre nosotros. No sólo se asombran de que todos tengamos entre nuestros amigos a un “el Negro”, sino de la convención que nos permite usar como apelativo el origen étnico, un tabú en otros sitios. Hasta se identifican a sí mismos como...

Fantasías

Imagen
  Según recuerdo (creo recordar, ya que he perdido ese libro) en Crónicas del ángel gris Alejandro Dolina cuenta que él, de pibe, no dudaba de la existencia de Papá Noel, pero que la certeza se le terminó cuando lo llevaron a saludar a ese personaje a una tienda. A pesar de ser chiquito, acertó a pensar que alguien proveniente del mundo celestial debería de tener intereses algo más elevados que los de una casa de comercio, y de ninguna manera el mismo aliento a cerveza que su tío (que el tío de Dolina). Es que, creo haber leído en el cuento, las percepciones que produce la fantasía son más potentes que las de la realidad. Por eso un amor distante es siempre más intenso que otro cotidiano. Lo que me gusta de ese relato es que allí Dolina arremete contra la obsesión de reproducirlo todo visualmente; digamos, al estilo Disneyworld. Dice que el peligro de esa cultura demasiado figurativa es que alguna vez un niño nos pida que le reproduzcamos una esperanza, o un desengaño, y como es...

Algo tenía que salir bien

Imagen
  Alguno le habrá dicho a aquel florentino: “mire, maestro, debería acompañarlo a usted demasiado la suerte para que uno de tres alumnos sirviera para algo”. Acaso en ese mismo momento, frente al atril, empezaría a hacer el ejercicio del día el chico Ghirlandaio, que por haber llegado tarde habría podido pispear los garabatos de un par de compañeros, un tal Sandro (hermano de un regordete al que habían apodado botellón, o Botticello ) y el hijo ilegítimo de un noble al que llamaban simplemente Leonardo. Había un cuarto compañero, que tal vez por ser de afuera (era perugino) habría faltado ese día al taller del maestro Verrocchio.           Todavía no se habían inventado los especialistas en cálculo probabilístico, ni los pronosticadores de elecciones.