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Artusi y la organización de un asado argentino

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Mariana Rimoldi-Sevellec me acaba de regalar La scienza nella cucina e l’arte del buon mangiare , de Pellegrino Artusi, un personaje que fue a la cocina lo que Garibaldi y Cavour a la organización nacional: alguien que, en algún sentido, también “unificó” Italia.  Precisamente poco tiempo después de la unificación, el hombre se dedicó a viajar y a recopilar algo más de setecientas recetas de toda la península en un libro que publicó hacia 1890 y que se convirtió en canónico. A pesar de que nada de lo que ponen sobre la mesa en las distintas regiones se parece (allá decían, y todavía dicen, la cucina italiana… non esiste ), Artusi se ocupó de presentar todo eso como un corpus de cocina nacional. El fascinante libro Delizia! Epic history of the Italians and their food del profesor inglés John Dickie dedica a don Pellegrino un capítulo muy importante.  He leído que cuando hoy dos italianos discuten si un plato lleva o no tal ingrediente, para dirimir la contienda suelen ir a ver...

Baricco, vos y yo tenemos que hablar

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Sorprendentemente, con intervalo de pocos días dos amigos generosos me hicieron regalos relacionados entre sí. Mariana Rimoldi-Sevellec, de visita en la Argentina, me trajo I barbari, de Alessandro Baricco, autor que yo había descubierto gracias a ella y que tanto me gustó en Novecento y en Seta . Decir que el hombre escribe con maestría sabe a poco. Y Pablo Legón me invitó a escuchar al escritor en octubre en el Teatro Colón de Buenos Aires. Veré si puedo hablar con él (con Baricco, no con Pablo) sobre un tema que me tiene bastante preocupado. Ocurre que el libro trata de la nueva invasión bárbara que se manifestaría, entre otras cosas, mediante el fenómeno de lo que el autor llama “el vino hollywoodense”. Que es el que hacen en California personas que no tienen encima siete generaciones de bodegueros. Ese vino sería más espectacular que bueno. Baricco lo califica de “frívolo”. Parece una hipálage, recurso que consiste en atribuir la condición que denota el adjetivo a algo cuando en...

La vida es corta: coma primero el postre

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Leo en  Rationality , de Steven Pinker, algunos experimentos sobre la manera en que elegimos entre una gratificación inmediata y otra futura, sobre cuán racionales somos al considerar cada una, en especial al ponderar “la tasa de descuento” que asignamos a los factores de incertidumbre: digamos, qué probabilidad atribuimos a que nos parta un rayo antes de disfrutar de eso que nos prometen para el futuro, o de que nos traicione el que nos lo ha prometido (Pinker no habla del sistema jubilatorio argentino). Explica el autor que si nos pidieran que marcáramos el menú que preferimos para la cena de una conferencia que ocurrirá dentro de tres meses y tuviéramos que elegir entre verduras al vapor y fruta, por un lado, y lasaña y  cheesecake  por el otro, elegiríamos por lo general la opción saludable. Entre gratificarnos dentro de noventa días y mantener una buena silueta el día noventa y uno, ganaría casi siempre la alternativa más racional. Pero si el camarero nos hiciera e...

Punto para el Derecho

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Veo en un aviso  que el gobierno de la provincia argentina de Santa Fe ha te nido la idea de poner “puntos violetas” en las oficinas públicas como espacios de igualdad de derechos . Dice que se trata de espacios de contención y asesoramiento, de articulación con organizaciones y asociaciones para proveer de herramientas teóricas y prácticas para el acceso al trabajo, la producción, el empleo y la autonomía económica de mujeres y disidencias . Salvo que se trate de que alguien puede meterse allí si cree que es tratado como si tuviera menos derechos que su vecino, como quien pide asilo en una embajada, no entiendo la utilidad de fabricar tantos puntos chiquititos y andar desparramándolos por cada pueblo. Se me ocurre que habría sido más eficiente dibujar un solo punto bien grandote, uno que abarcara a toda la provincia. Me dirán que eso mismo intentaron precisamente en 1853, ahí mismo, cuando escribieron una admirable constitución y que no funcionó. Sí había empezado a funcionar....

Diez cosas que cabe esperar cuando se asiste a una conferencia en Buenos Aires

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  La conferencia empieza media hora tarde. Como se trata de una costumbre importada de las ceremonias de bodas, que autorizan (y presuponen) esa demora impropia de gente civilizada, nadie pide disculpas a los imbéciles que han sido puntuales.  La persona que presenta al orador es habitualmente el líder de la institución organizadora. Dedica diez minutos a hacerse un homenaje a sí mismo, y otros  veinte a repasar la agenda de la entidad, a pesar de que sus miembros ya la conocen y que al resto del público no le interesa y ha llegado hasta el lugar por otro motivo.  El disertante desperdicia demasiados minutos para explicar lo honrado que está por la invitación y los pormenores de las conversaciones que ha tenido con el anfitrión para que ocurriera la conferencia. Luego hace una introducción, más bien un rodeo, como si evitara ocuparse del tema del que ha prometido hablar. Recurre a eso que los gringos llaman throat-clearing expressions . Emula a “Museo de la novela de...

La rebelión de las cafeteras

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  La rebelión de (por) las cafeteras   Desgraciadamente, este fin de semana dejó de funcionar la cafetera de mi casa. El local de la cadena Frávega más cercano tiene una sola, impresentable. Para eso -pienso- hago el café con el filtro ese que parece una media de mujer . Su competidor Garbarino está cerrado por quiebra. Concurro entonces a uno que se llama Rodó. Yo quiero un artefacto que venga con el temporizador ese que permite que uno encuentre café recién hecho cuando se levanta. Esa es mi única pretensión; hasta ahí llegan mis aspiraciones en materia de robótica del hogar (ya he opinado en otro ensayo que ese invento, junto con la idea de agregar rueditas a las valijas, han sido los proveedores más eficientes de bienestar para la humanidad: en ningún otro caso, con la probable excepción del bidé, una invención tan simple puede proveer tanto bienestar). En suma, no quiero una cafetera conectada a Internet que mande los datos de mi presión arterial para que un médico actua...

Obligaciones de un aristócrata

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  En su biografía de Marcelo T. de Alvear, Félix Luna afirmó que “la Argentina no tiene una aristocracia, basta trepar un poco en el árbol genealógico para topar con el abuelo contrabandista o bolichero”. No sé si Luna creía que esos atributos eran buenos o malos. A mí me parecen una señal de que una sociedad ha tenido cierto éxito al organizarse de determinada manera. Sólo en un orden moldeado en valores medievales el nieto está condenado a repetir la vida del abuelo. Hijos de bolicheros han sido aquí presidentes. Creo que el padre del doctor Favaloro era carpintero. Una vez un abogado porteño muy distinguido (omito por imaginables las razones de su distinción) me dijo “la desgracia de este país, che, se produjo cuando las familias tradicionales dejaron de cumplir con su obligación de entregar un hijo a la Iglesia y otro a las fuerzas armadas. Mirá cómo se llaman hoy los militares, son los Galtieri, los Lambruschini…”. La manera en que el señor concentraba sus diatribas en l...