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Estoy rodeado de deshonestos

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          Alguna vez publiqué una broma que llamé El método Pereyra . Contaba el derrotero de un psicólogo que había inventado un modelo de atención para gente deprimida a través de una aplicación muy accesible que se convirtió en un éxito mundial de ventas. Llamé al protagonista Rubén Armando Pereyra y lo situé en Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe.           Un poco antes, en Yo acuso (el plagio de Arreola) , se me había ocurrido decir que Juan José Arreola me había copiado una historia sobre la relación que tengo con Alexa, mi asistente digital de las que vende Amazon. Arreola es el autor de Anuncio , donde imagina a una muñeca que también sustituye la compañía de una dama de carne y hueso. Además de irreverente, habida cuenta del calibre del señor con el que se me ocurrió meterme, la acusación es disparatada, porque el mexicano murió dieciséis años antes de que yo iniciara la relación con ese cacharro (a pesar de que Bo...

Time is not money

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       Me cuenta Patrick Stern que sus compatriotas suizos, esas personas que “han tomado la extraña resolución de ser razonables” (Borges dixit) acaban de inventar un banco de tiempo. Consiste en que las personas jóvenes cuidan gente mayor y cada hora que dedican a eso se traduce en un crédito para que ellas sean atendidas durante otra hora cuando a sus vidas “les llegue la tarde”.         Se ve que los suizos conectaron los puntos entre dos actividades en las que venían siendo bastante buenos: contar el tiempo y gestionar ahorros ajenos.      Puede parecer que la inversión que se hace en este banco es absurda porque se trata un activo que no paga interés, ya que una hora de servicio prestado a una persona mayor le rinde a uno después exactamente una hora para ser cuidado por el prójimo. En realidad, no es así. Desde que Menger explicó el carácter subjetivo del valor sabemos que una hora que transcurre a nuestros veinticinco a...

La adjetivación del dinero

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       El problema de faltarle el respeto a las palabras es que uno termina aceptando que los disparates lingüísticos describen realidades. Orwell mostró que no sólo las ideas equivocadas condicionan las palabras, sino que también ocurre al revés: las deformaciones semánticas que instalaban los chanchos de la granja del señor Jones y, después, aquel molesto hermano mayor desajustaban el pensamiento.      Me escribe un amigo suizo que lee diarios argentinos y me pregunta “¿qué es el dólar solidario?". Y, sí, a cualquier persona sensata le maravillaría semejante invención. Debí explicarle que proviene del nombre de un impuesto (uno llamado “para una Argentina inclusiva y solidaria”), que como todo lo que enarbola la solidaridad viene a ser todo lo contrario: alguien lo exige a palos.           Como de costumbre, Alejandro J. Lomuto me ilumina: se trata de una hipálage. Así se llama al recurso literario que consiste en algo a...

Paridad de género (musical)

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La senadora nacional Sandra Mendoza alcanzó notoriedad cuando hizo que todo el mundo imaginara las dificultades que ella tendría con el idioma si le tocara viajar a Montevideo. Es la que dijo, leyendo, que la relación con el Fondo Monetario Internacional era “una espada de Domacle” que había que “afrentar”. No hay que confundirla con una exdiputada chaqueña de igual nombre y no menos pintoresca. Aunque parezca uno de sus ingeniosos juegos de palabras, la Mendoza de que hablo es tucumana. La legisladora acaba de urdir un proyecto de ley semántica y gramaticalmente algo osado, pero que parecería exigir que “el 50% de las obras musicales” que forman las bandas sonoras de cualquier producción audiovisual hayan sido compuestas por autoras y compositoras argentinas. De modo que si alguien utiliza en una película Las cuatro estaciones debería agregarle otras cuatro canciones registradas por argentinas, se relacionen o no con la meteorología y hayan sido o no compuestas para una orquesta de c...

Colateralidades

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Nos perdimos cuando intentábamos encontrar la entrada de un parque natural en Galicia, al lado del mar. Distraído, al retroceder toqué apenas el guardabarros de un auto que estaba estacionado frente a una casa de campo y le hice un pequeño rayón. Al “chocar” en ese lugar al único vehículo que debería de haber a cientos de metros a la redonda batí mi propio récord de torpeza. Vivía allí una señora bastante mayor a la que, avergonzados, debimos decir que habíamos dañado lo que supusimos era su auto. Era en realidad de la novia de su nieto, que salió después. Nos dimos los datos del seguro, llenamos un formulario conjuntamente y todo eso terminó de la mejor manera dentro de lo que permitían las circunstancias. Lejos de enfurecerse, mientras yo me ocupaba de la burocracia la señora Marisa se puso a contar su vida a María José. Se la veía encantada de que alguien hubiera llegado hasta su puerta, y más de que la visitante se llamara nada menos que “Freire Mariño”, dos apellidos que en Galici...

Cetáceos unidos jamás serán vencidos

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Como me pasa siempre, mi ensayo Bestiario jurídico fue rechazado por cada una de las insensibles editoriales que visité. Apuesto a ni siquiera lo leyeron (debería usar seudónimo). Lo cierto es que en ese trabajo me había ocupado de las conmovedoras iniciativas que toma la comunidad de los juristas para defender los derechos de los animales. Referí interesantísimas normas sobre las palomas mensajeras, sobre las carreras de galgos y sobre los paseadores de perros ajenos. También destaqué la actividad de la Comisión de Derecho Animal del colegio de los abogados porteños (algo sorprendido por la ubicación del adjetivo) que consagra el irreprochable derecho de los animales domésticos a vivir libres de todo sufrimiento y promete la cárcel para las personas que cometan el delito de “biocidio”, que consistiría en matar sin permiso de la autoridad a cualquier “sujeto de derecho sintiente no humano” (el que siente es el sujeto, no el derecho, otra vez hay que aclarar que así ubica esta gente lo...

Es sólo cuestión de empezar

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     A los que hemos intentado emular la literatura sin haber logrado jamás una frase decente nos asombra la manera en que alguna gente inicia sus libros. Hablo del inicio literalmente, de la primera oración de un relato.       Acaso una de las frases más celebradas de todos los tiempos sea la que presenta de manera acabada al más estrafalario, pero también más exquisito, de los locos que pudieron haberse imaginado:      En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.      De su lado, el máximo adjetivador del español desliza un par de regalitos al tiempo que augura un cuento perfecto:      La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierr...