La rebelión de las cafeteras
La rebelión de (por) las cafeteras Desgraciadamente, este fin de semana dejó de funcionar la cafetera de mi casa. El local de la cadena Frávega más cercano tiene una sola, impresentable. Para eso -pienso- hago el café con el filtro ese que parece una media de mujer . Su competidor Garbarino está cerrado por quiebra. Concurro entonces a uno que se llama Rodó. Yo quiero un artefacto que venga con el temporizador ese que permite que uno encuentre café recién hecho cuando se levanta. Esa es mi única pretensión; hasta ahí llegan mis aspiraciones en materia de robótica del hogar (ya he opinado en otro ensayo que ese invento, junto con la idea de agregar rueditas a las valijas, han sido los proveedores más eficientes de bienestar para la humanidad: en ningún otro caso, con la probable excepción del bidé, una invención tan simple puede proveer tanto bienestar). En suma, no quiero una cafetera conectada a Internet que mande los datos de mi presión arterial para que un médico actua...