Los literatos se entretenían así
Allá por 1942, el mundillo de los escritores argentinos daba importancia, acaso excesiva, a los premios literarios. Un grupo organizó una “cena de desagravio” a Borges, que había sido eliminado de la competencia por el Premio Nacional de Literatura. Faltaba mucho para que naciera la "tradición escandinava" de negarle el Nobel al argentino.
Podría maravillarnos que alguien supusiera que, si se juntaba a comer con la víctima de un agravio que le habían prodigado otros, ese mal desaparecería. Pero de eso se tratan los ritos, anidan en la idea de que una actividad simbólica hará que alguna fuerza superior modifique la realidad. Puede tratarse de la danza de la lluvia de los bosquimanos o de la ceremonia de cualquier liturgia.
Alejandro Vaccaro transcribe en En Borges, vida y literatura (Emecé, Buenos Aires, 2023) lo que leyó en la ocasión Eduardo González Lanuza:
“Lamento tener que decir que este fallo me parece honesto; que la exaltación del aguachirlismo y de la sub-literatura no es el resultado de una injusticia, sino de una íntima convicción. Los señores del jurado serían dignos de un premio a la virtud, por la entereza con que mantuvieron su propio parecer por encima de toda vana consideración de simples valores literarios. Pero el aspecto positivo de estos premios es significante si se lo compara con el negativo. Jorge Luis Borges ha sido propuesto y eliminado, con los solos votos en contra de Álvaro Melián Lafinur en el jurado y de Eduardo Mallea en la Comisión Nacional de Cultura. Los demás señores lo ignoran, acaso por no haber publicado Borges ninguna novela semanal. Se me sugiere la necesidad de un desagravio a Borges. No veo la razón. El desagravio sería imprescindible si su nombre se hubiese visto mezclado con el de los dos primeros premios. Me parece que es Borges quien debe pedir disculpas. No hay derecho a escribir un libro como El jardín de senderos que se bifurcan y acumular excelencias en él para que el ridículo del jurado y de la Comisión Nacional de Cultura resulten más evidentes. Es un verdadero abuso de poder.”
Esos escritores se entretenían, es verdad, con asuntos menores como premios literarios, con rencillas propias de la comisión directiva de un club de barrio, con chusmeríos de comadres en el pasillo. Pero admitamos que lo hacían con gracia. Postular que lo deshonroso habría sido ser premiado por determinados jueces "honestos" en su mal gusto es una exquisitez de insulto; "exaltación del aguachirlismo", una contribución portentosa a la semántica.
-Ω-

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