Beneficios del yogur para la humanidad
Para encontrarle a ese joven de la familia alguna ocupación útil, acaso preocupados por lo excesivamente entretenido que él estaba con las mujeres, el tenis y la literatura (en ese orden de importancia), los dueños de le empresa La Martona de Vicente Casares SA encomendaron a Adolfo Bioy Casares y a su amigo Jorge Luis Borges la producción de un folleto publicitario para su leche cuajada, que parece que no era exactamente lo que hoy entendemos por yogur, pero se le parecía bastante.
Los improvisados publicistas no tenían siquiera una neblinosa idea sobre la industria láctea, pero pusieron manos a la obra. Les gustaba escribir, no importaba sobre qué. Llenaron el folleto, que titularon osadamente "estudio dietético", de conclusiones de científicos prominentes sobre los beneficios de la leche cuajada para la salud humana, con la esperanza de persuadir a las amas de casa de que leyeran semejante ensayo, y de que eso las llevara a comprar el producto.
Por supuesto, la veracidad de esas referencias bibliográficas es del todo sospechosa, para decir lo menos. Borges y Bioy describieron extravagantes costumbres de un montón de pueblos antiguos que habrían consumido leche cuajada de distintas maneras y explicaron sutiles diferencias en su preparación según la cultura de que se tratara. Hicieron desfilar a egipcios, bretones, inverificables comunidades africanas. Para conmover a los más píos entre los que integraban la potencial clientela de La Martona, y con cita de Deuteronomio 32:14, contaron que Abraham había ofrecido leche cuajada a sus visitantes, lo que indudablemente equivalía a un mandato bíblico al respecto. Es cierto que algunas versiones de la Escritura dicen que el patriarca invitó con eso, pero el texto que hoy por lo general aceptan las religiones es el que habla de “la mantequilla de vacas y la leche de ovejas”. Una minucia. Haber encontrado esa referencia en ediciones desestimadas del texto sagrado cuando todavía no se había fundado Google es un portento que justifica cualquier tropelía. Remataron el mensaje con "la leche cuajada, el alimento de Matusalén”. No sé cuántas amas de casa sabrían quién había sido ese personaje, pero todo el mundo entendía y usaba la expresión "más viejo que Matusalén". Un acierto del equipo redactor para relacionar el producto con la longevidad.
En ese tiempo no había leyes sobre publicidad engañosa o defensa del consumidor. Los autores se mantuvieron fieles a sí mismos. Es que ellos pensaban que la función de cualquier texto era generar curiosidad o intriga, entretener y agradar, y que no tenía ninguna importancia que la historia que contaba fuera verdadera. Borges (que echaría mano muchísimas veces de citas de autores apócrifos) desdeñaba por inexistente la presunta función de la literatura de ocuparse de los asuntos de la realidad. Sus cuentos no cambiaban demasiado porque hubieran pavimentado su calle. Cuando alguien le reprochó no hacer “literatura comprometida”, le contestó que para él esa idea tenía tanto sentido como la de “equitación protestante”.
Como sucede con casi todas las grandes contribuciones a la humanidad, esta se la debemos a alguien que no sabía lo que estaba haciendo. Con su encargo sobre la leche cuajada, un mercader había colocado la piedra fundamental del género literario cuya invención, después, los críticos atribuirían a Georgie y a Adolfito: la literatura fantástica.
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