El irritable

        

Imagen creada por IA mediante Grok.   

            Un agorero, un tremendista de la zona de San Isidro me había dicho hace tiempo que los pólipos que había extraído del último tramo de mi sistema digestivo eran benignos, pero que se podían malignizar. Si con esa tontería creyó que me alarmaba se equivocó: cualquier dispositivo, cualquier persona, cualquier idea y cualquier relación amorosa pueden terminar siendo malignas. El de blanco agregó explicaciones que no comprendí y me dijo que debía someterme nuevamente al suplicio vejatorio de la videocolonoscopía (lo que él vendía) cuando pasaran tres años.

            Pues todo llega.

        Como siempre supuse que los médicos no tenían por qué ser más honestos que los abogados, sospeché de ese mercader de chaquetilla y cambié de proveedor de servicios de filmación intestinal. Recurrí al Hospital Alemán. Gente eficiente. Al revés de lo que sugiere el estereotipo, personas muy amables cuando no resuelven anexar Austria. Me divierte, además, la excentricidad de que haya puertas que dicen Habitación-Zimmer 106 en un lugar tan alejado de Berlín como la esquina de Pueyrredon y Juncal en el barrio porteño de la Recoleta.

        La médica que esta vez dio rienda suelta a su perversión espiando lo más recóndito (literalmente) de mi ser me visitó cuando desperté de la anestesia. Me dio una carpeta que contenía fotos indescifrables (y muy poco estéticas, no imagino ningún sitio donde pueda exhibirlas en casa). Me dijo, exultante, que mi colon es un dechado de virtudes, que ella no había encontrado allí nada que mereciera la pena extraer ni siquiera para entretenerse con biopsias y que debo volver a esa Poliklinik “dentro de exactamente ocho años”. 

        Me maravilló la seguridad con que la doctora mencionó ese lapso tan preciso. Yo venía sospechando que los médicos eran gente bastante improvisada, porque siempre me comunicaban instrucciones usando cantidades arbitrariamente “redondas”: me indicaban “diez sesiones de terapia física”, “una semana de antibiótico”, “consulta en un mes”. ¿Por qué nunca nadie necesitaba de nueve sesiones de lo que sea, o de seis días de medicación, o de una visita cada cuarenta y cinco días? La indicación del Deutsches Hospital me hace confiar nuevamente en que también pueda haber algo científico en el arte de curar.

        No pude evitar el recuerdo de aquello de Ronald Reagan sobre alguien que compra un auto en la Unión Soviética y le indican retirarlo en determinada fecha diez años después. El vendedor se sorprende porque el cliente le pregunta si ese día debe concurrir por la mañana o por la tarde: “es que ese día, por la mañana, tengo que esperar al electricista”.

        Chistes aparte, ahora tengo un problema. Supongamos, para que el planteo tenga algún sentido, que dentro de ocho años todavía sigo del lado más conveniente del césped y puedo retener quién soy: ¿cómo puedo yo recordar que tengo un compromiso el 23 de febrero de 2034 a las ocho y media de la mañana, que es cuando se agotará “exactamente” el tiempo que debo dejar pasar?

-Ω-


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