La higiene que falta

Alguien que vive en los Estados Unidos me muestra la manera en que ese héroe, ese candidato a por lo menos una beatificación llamado Elon Musk (al que le debemos en buena medida que haya más libertad de expresión en las redes sociales) eliminó a una de las criaturas más desagradables que hay: los vendedores de autos. Parece que uno entra en el salón de ventas, se sube a un Tesla y comienza a dialogar con la pantalla que hay en el tablero del auto, de donde salen las respuestas de una manera no sé si más sincera, pero por lo menos más coherente que la que da un sujeto de carne y hueso. Con el atractivo adicional de que, en la oportunidad en que sagazmente detecta el robot una vez avanzada la conversación, uno puede llevarse el auto a su casa para probarlo y devolverlo al día siguiente. Por supuesto, al devolverlo el interesado casi siempre aparece con la chequera en la mano.

Del mismo modo en que Uber borró saludablemente el suplicio del taxista porteño, ese que explicaba conspiraciones de alguna potencia extranjera por la cual no arreglaban un pozo en Matheu y Alsina, alguien debería borrar de la faz de la tierra a otro sujeto de difícil digestión: la AIDE, acrónimo de “Agente Inmobiliaria Distinguida pero Empobrecida”.

Se trata de damas (no es un comentario sexista, proviene de la “evidencia empírica”, según el pleonasmo que usa Milei) que se dedican a mostrar propiedades como titulares de supuestas agencias inmobiliarias que llevan su nombre, del tipo “Maruca Baltiérrez Huntington, Real Estate” (solamente en la Argentina alguien puede llamarse así, o “López Murphy”) o “Teté Apellidodeprócer Propiedades”.

Las AIDE no se llaman así de nacimiento. Son apelativos robados a sus maridos. La mayor parte de las veces, a sus exmaridos, a los que les ofrecieron la mitad de un campo a cambio del uso del apellido, solamente para evitar la obligación de usar de nuevo el de ellas, que lamentablemente no coincide con el nombre de ningún pueblo, calle o estación. Eso explica que después de divorciarse las AIDE hayan quedado tan pobres.

También son, ineludiblemente, rubias. Aunque con cierta imprudencia muestran fotos de sus hijos y todos resultan tener el cabello oscuro. Como dice mi amigo Guillermo, el paño de la ropa, si es bueno, puede mantener la dignidad durante tres décadas, pero los zapatos y la cartera desgraciadamente no. De modo que las posibilidades son dos: las cosas de cuero que lleva la AIDE son buenísimas, aunque “maltrechas y ajadas” (como el corazón de Joaquín Sabina) o son nuevas, pero ordinarias.

Uno las encuentra en la puerta de calle del sitio que quiere ver. Antes de que arranque el ascensor ya disparan el primer proyectil, preguntándome si soy pariente de alguien cuyo apellido a ella le suena como el mío. Todo un desafío, porque encontrar en ambientes distinguidos alguien que se llame como yo es una pasión inútil. Algunas personas, poquísimas, me preguntan por un diplomático. El resto son tangueros entrados en años y lo hacen por Alfredo Gobbi, “el violín romántico del tango”, nada que pueda ubicarlo a uno en las inmediaciones de la Avenida Alvear o en el centro histórico de San Isidro. Para colmo, por más que busco ninguno de esos homónimos resulta ser mi pariente.

Como no encuentra nada en los caprichosos vericuetos de los cromosomas, la AIDE intenta en el distrito de lo social. Que, se sabe, es mucho más dúctil. Como escribió Félix Luna en el prólogo de Soy Roca, “la Argentina ha carecido de una verdadera aristocracia, hace falta remontarse muy pocas generaciones para dar con el contrabandista o con el bolichero”. Pero la señora también fracasa. Menciona a un colegio (que invariablemente tendrá el nombre, en inglés, de un santo) para indagar si por casualidad no somos de los que mandaban a los hijos ahí. Nada. Va entonces por los clubes, entre los que se destaca siempre, no sé por qué, uno que se llama CUBA. Yo le contesto que sólo he estado, y pocos días, en La Habana. La desazón que le produce que yo ignore la existencia del Club Universitario de Buenos Aires es indisimulable. Como respondo siempre de manera negativa (alguna vez mentí, una me había identificado correctamente), se decepciona al no poder clasificarme ni encontrar algún conocido en común. Fracasa en la construcción de su “protorred social”. No tiene más remedio que someterse a que nuestra relación transite por carriles puramente comerciales.

Precursora en el uso de los scripts que les escriben a los operadores de los centros de atención telefónica para esa fase crítica del proceso de venta que llaman “manejo de objeciones”, la AIDE se revela en eso como una verdadera artista. Una con cara de piedra, pero artista al fin. Los siguientes son diálogos que tuve de verdad con dos de ellas:

- Me preocupa que el lote esté tan cerca de la autopista. Se oye mucho el ruido…

- No, amor, olvidate de ese problema, eso es porque hoy tenemos viento norte, algo rarísimo, y además justo frente a la autopista está proyectada la construcción de dos torres de departamentos para gente mayor que van a tapar todo el ruido. Cuando se terminen imaginate, el valor del terreno se va a las nubes.


- El departamento no parece tener buena circulación de aire. No sé, yo sufro bastante el calor.

- Al revés, es muy fresco.

- ¿Y por qué cuando entré usted alguien ya había encendido tres aparatos de aire acondicionado, y son las nueve de la mañana?

- ¡Nada que ver! Estuvo mucho tiempo cerrado y vi mosquitos, con el frío los mosquitos se van, ¿viste?

La AIDE me explica que su servicio incluye preparar el boleto de compraventa, lo que me autoriza a cometer mi propio acto de perversión a manera de revancha. Aun a sabiendas de que no le compraré nada, le pido que me envié el modelo que usa. Invariablemente, es una porquería hecha con "copiar y pegar" que está llena de contradicciones. Las AIDE ni siquiera usan para eso la inteligencia artificial, que prepara boletos magníficos. Le pego un vistazo y con hipocresía la felicito por esa pieza jurídica, pensando en la cantidad de pleitos que generará, en todo el trabajo que les debe de dar a los de mi gremio.

Luego de dos o tres episodios del mismo jaez, le hago saber que “el departamento me interesa, estamos en contacto” y que se ocupará del tema uno de mis hijos porque yo estoy a punto de partir para un largo viaje. Le doy correctamente el nombre de mi hijo, pero mal su número, y procedo a bloquear el de ella en mi propio teléfono.

-Ω-


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