Nos une la lengua
Como sucede con toda herencia, la que nos ha legado la Madre Patria fomenta malentendidos entre herederos.
Cuando yo iba a la escuela primaria había que hablar y escribir como indicara la viejísima edición del Diccionario de la Real Academia que había en la biblioteca. En las composiciones debíamos usar términos y verbos como indicara una oficina de Madrid. Ninguno de nosotros podía escribir “nene, hacé la tarea”. Debíamos poner “niño, haz la tarea”. Un tremendo esfuerzo editorial y docente que no parece haber llegado a buen puerto: más de medio siglo después no conozco a nadie que hable así en la Argentina.
Borges se burló de esos afanes en Las alarmas del doctor Américo Castro: “El doctor Castro nos imputa arcaísmos. Su método es curioso: descubre que las personas más cultas de San Mamed de Puga, en Orense, han olvidado tal o cual acepción de tal o cual palabra; inmediatamente resuelve que los argentinos deben olvidarla también”. Me parece llamativo que ese erudito se llamara, justamente, Américo.
Esa pretensión rectora y un poquitín imperial ha sido sensatamente abandonada por los académicos. Ahora dicen que tienen una mera función “notarial”, que ellos sólo comprueban cómo se habla y punto. La mejor descripción de esa flexibilidad académica la dio Marcos Mundstock cuando habló en el Congreso de la Lengua y contó que se la pasaba encontrando en el Diccionario todas las palabras que él había dicho a su hija que eran incorrectas según la misma autoridad. El relajamiento de la autopercepción de la Academia como autoridad parece haber incomodado a uno de sus miembros, nada menos que Pérez-Reverte. Me sorprende un poco, porque don Arturo escribió su novela Revolución utilizando admirablemente el vocabulario y los modismos mexicanos de principios del siglo veinte, y en esa época sus antecesores en la Academia no les prestaban demasiada atención a lo que pasaba del otro lado del Atlántico ni habían incorporado chingada ni híjole a su diccionario.
Como toda oficina pública, esa de Madrid tiende a ampliar sus competencias, y seguramente a pedir más presupuesto a sus reales dueños. Es que debe de ser muy arduo andar todo el tiempo juntando vocablos para explicar cómo se habla en Albacete, en Asunción, en Tucumán, en Ciudad de la Paz (aclaro que es la capital de Guinea Ecuatorial, dato que acabo de buscar) y en la región filipina de Mindanao Suroccidental donde usan el español llamado chabacano. La gente de esos sitios no necesita de semejante contabilidad. Habla así espontáneamente y se entiende con sus vecinos. Y para comunicarse con el resto del mundo toma un atajo y usa el inglés, que a lo mejor se ha impuesto no solamente por dominaciones imperiales o económicas, sino porque presenta el atractivo de no tener ninguna autoridad lingüística (a nadie le importa si uno escribe night o nite).
A mí me parece que desde el primer día los conquistadores deben de haber necesitado nuevas palabras para describir algunas cosas que encontraron por aquí y que jamás habían visto. No parece que “río”, aplicado al Amazonas o al Orinoco, equivalga a lo que ellos percibían cuando cruzaban el Tajo. De hecho, antes de ser almorzado por los nativos el distraído de Solís llamó “Mar Dulce” a lo que luego fue el Río de Plata. Es que nunca había visto un río tan ancho. No hay en España ni en Portugal algo parecido a las Cataratas del Iguazú.
La desobediencia a la metrópoli ha sido pareja en el Nuevo Mundo. Para dar fe de eso cuento algunos ejemplos. Todos provienen de problemas con la comunicación que yo mismo he tenido a la hora de intentarla con los que también hablan español.
En Venezuela, Colombia y México, entre otros países, “en este preciso instante” no se dice “ahora”, sino “ahorita”. Para ellos “ahora” quiere decir “un poquito más tarde”. Bueno, a veces también es así para nosotros: cuando llamamos a un camarero (que aquí le decimos “mozo” aunque tenga ochenta años) nos dice “ahora vengo” para indicarnos que antes debe atender otra mesa.
Para los rioplatentes, “luego” es “más tarde”. En Chile quiere decir “ahora mismo”, o “ahorita”, o “en este preciso instante” (así lo usaba el Quijote). Cuando estás enfermo un chileno te desea “que te mejores luego” con la mejor intención.
En la Argentina, en su sentido figurado (no en el anatómico) un “pendejo” es un chico, un joven. En México, Venezuela y otros países de la región es un estúpido. Nosotros somos más precisos: le decimos “boludo”.
En España, un “apuro” es un contratiempo, un inconveniente. En la Argentina, el “apuro” es la prisa; “estoy apurado” quiere decir acá “llevo prisa”. También lo usamos como en España, pero solamente en el plural: “estar en apuros”.
En Ecuador, creo que también en España, cualquiera te cuenta sin ninguna vergüenza que está “constipado” cuando tiene una congestión nasal, un resfrío. En la Argentina preferimos reservarnos ese dato, porque usamos el término solamente para referirnos a la obstrucción intestinal.
Si le decimos a un mexicano que por la mañana nosotros desayunamos una tostada con “manteca” se asombra, porque piensa en la grasa del cerdo, algo distinto de lo que ellos llaman “mantequilla”.
En Colombia, pedir que a uno le “den” algo es un poco rudo. Usan el verbo “regalar” (“¿me regala la hora?”). Una vez, en un distinguido restaurante de Puerto Madero una colega colombiana que me había invitado le dijo al mozo “¿me regalaría la cuenta, por favor?”. El hombre le contestó, algo sorprendido, que lamentablemente no le estaba permitido hacer esa atención.
La alta sociedad porteña nunca dice “cena”, sino “comida”. En España, la “comida” es lo que nosotros llamamos “almuerzo” (a lo de la noche le dicen, esta vez sí con precisión, “cena”).
En Uruguay, cuando preguntamos si podemos retirar el pedido de empanadas y nos dic “está pronto” quiere decir que sí, que el pedido está “listo”, no que todavía las empanadas están en el horno.
En España, no aprobar un examen es “suspenderlo”. Nosotros usamos “aplazar”, aunque coloquialmente preferimos el italianismo “me bocharon” (de bocciare).
Aquí no nos ponemos una “chaqueta”, sino un “saco”. En España a los sacos los usan para llevar las papas, quiero decir las “patatas”.
En la mayoría de los países latinoamericanos, un “reto” es un desafío. Es igual para nosotros, aunque así lo usamos poco porque nos suena un poquitín afectado. En general lo usamos como “reprimenda”: una madre argentina “reta” a su hijo porque se ha portado mal.
Nosotros comemos una “banana” (preferentemente, con dulce de leche), los mexicanos, un “plátano”, los puertorriqueños un “guineo” y los excéntricos venezolanos, un “cambur”.
En Venezuela, una “vaina” es casi cualquier cosa, un problema, una situación, una cuestión. Para nosotros es la cubierta de la “chaucha” (o de la “judía” de los españoles, o del “ejote” de los mexicanos) que envuelve generalmente un “poroto” (o un “frijol” mexicano, o también una “faba” o una “alubia” españolas, o una “caraota” venezolana).
En la Argentina, “currar” significa cobrar un salario sin trabajar, o causar algún perjuicio mediante un engaño. En España es exactamente lo contrario, trabajar de manera abnegada, esforzarse mucho. Un día en que tenía yo demasiado trabajo un compañero de Madrid me saludó en el teléfono con “¿qué tal, Marcelo, tú siempre ahí currando?” y yo, que estaba teniendo un día particularmente agotador, comencé a insultarlo.
-Ω-

Comentarios
Publicar un comentario