Universos a medida de locos y no tanto
Alonso Quijano, deslumbrado con los libros de caballería andante, salió por Castilla a vivirlos, a desfacer tuertos y agravios. En su tiempo ya no existían más los caballeros andantes. Los gigantes, para peor, eran en realidad molinos. Había enloquecido.
También es dudoso el juicio del protagonista de Dublín al sur, de Isidoro Blaisten. Ese gris oficinista había puesto tanta pasión en leer el Ulysses que ganó el premio mayor en el concurso televisivo de preguntas y respuestas contestando sobre esa obra. Dejó la mitad del dinero a su mujer y a su hija (de nombre Molly), se compró un castillo en Irlanda y se dedicó a vivir un larguísimo “día” de Leopold Bloom. Pero, acaso por no llevar los tornillos bien ajustados comenzó a tener ciertos problemas de comunicación con la servidumbre del castillo cuando decidió bautizar al puente levadizo “Puente Alsina”, a un ala “San Juan y Boedo”, o cuando se irritó porque en Irlanda no le encontraban Gancia.
Algunos incluyen en esta lista de chiflados geniales a gente que existió de verdad, como Borges. El hombre parecía, es cierto, vivir en un universo puramente literario. Todas sus amistades y enemistades, todas sus dichas y desdichas, tenían que ver con autores o con libros.
Cuando uno que hoy llamaríamos “periodista militante” le preguntó por qué no hacía literatura comprometida (era la época del boom literario latinoamericano, de García Márquez, de Carlos Fuentes, de Cortázar, de un Vargas Llosa que todavía era de izquierda), Borges le respondió que para él “literatura comprometida” tenía tanto sentido como “equitación protestante”. Entendía que la literatura era un fin en sí misma, como la música. No consideraba imprescindible que el género que había inventado junto a Bioy Casares, la literatura fantástica, debiera cambiar porque hubieran iniciado una guerra en alguna parte, o pavimentado la calle de su barrio.
Sí, Borges había recortado del mundo lo que le interesaba, pero sin desconocer que existieran otras cosas, de las que llegó a ocuparse, y bastante en serio. Perdió su empleo en una biblioteca municipal por haber firmado una proclama en contra de lo que siempre llamó “la segunda dictadura” (la primera, para él, había sido la de Rosas). Para entender el nazismo uno puede leer un tratado de cinco volúmenes, o las ocho páginas de Deutsches Requiem. Si elige el segundo camino, disfrutará al leer incluso sobre una atrocidad semejante.
Esa decisión de vivir “en” la literatura, de hacerla constantemente y a partir de los episodios más banales, nos prodigó algunas de las anécdotas más divertidas del escritor porteño. El humor, me parece, suele ser un síntoma de salud, no de locura. Que algunos locos nos den risa no quiere decir que hagan humor.
Cierta vez, Borges fue al banco para hacer una consulta. La empleada se la respondió, pero inmediatamente después tuvo una duda:
- ¿Sabe, Borges? Preferiría de todos modos consultar con el gerente, porque no le quiero decir una cosa por otra.
Borges comentó a su acompañante:
- Caramba, esta señorita acaba de dar muerte a la metáfora.
Es conocida su descripción del tecito Cachamai como “una antología de hierbas”.
Parece que una vez Roberto Alifano lo acompañó al baño de un restaurante. Cuando el hombre ciego intentaba lavarse las manos, notó Alifano que de la canilla salía mucho viento y de vez en cuando alguna gota:
- ¿Sale el agua, Borges?
- Sí, sale, pero con escrúpulos.
-Ω-

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