Lo que provoca tomar un libro



Un amigo que me sabe admirador de Borges (admirador algo irracional, admito) me pregunta si determinado poema es del escritor. No entiendo bien por qué no se lo preguntó a la inteligencia artificial, que rara vez alucina frente a consultas tan elementales. Yo también se lo pregunto al robot, pero por mero gusto voy también al estante que me recuerda el tiempo en que para mí los libros eran de papel. Tomo las Obras Completas, el volumen verde de la legendaria edición de Emecé de mediados de los años setenta. Confirmo que el poema efectivamente está allí y respondo a mi amigo.

Mientras devuelvo el libro a su lugar (en realidad, a “algún lugar”, porque eso que llamo “la biblioteca” carece de todo atisbo de orden) me asalta un pensamiento algo nostálgico. Recuerdo que lo compré cuando tendría dieciséis años. Lo asombroso es que no fue en El Ateneo, ni en Alberto Casares, ni siquiera en la librería Ross de Rosario. Lo encontré en el localcito que había puesto en mi pueblo natal la familia López Morillas, que por eso recuerdo ese apellido. No tuve que encargarlo, lo tenían en exhibición; intuían que lo iban a vender. Todavía la Argentina era una gran potencia editorial para el mundo de habla hispana. En sus memorias, García Márquez cuenta cómo en Bogotá y en Cartagena de Indias esperaban ansiosos  “los catálogos de las editoriales de Buenos Aires”. Pero esa producción también llegaba a un pueblo de chacareros y de obreros metalúrgicos que medio siglo después apenas superará los veinte mil habitantes. Visto a la distancia, me parece algo prodigioso de nuestro país.

¿Qué pasó en el último medio siglo? No lo sé. Es cierto que hay ediciones pirateadas que se bajan de Internet, que circulan más textos que nunca en las redes, que todo el mundo escribe a cada rato en cantidad tal como jamás la humanidad escribió antes (eso dice Beppe Severgnini en este artículo), que la “universidad Youtube” permite hacer un curso de lo que sea con un profesor de cualquier parte, que ya no hay gran diferencia en el acceso a la cultura digitalizada entre pueblos y ciudades. Viva la tecnología. De hecho, yo casi no compro libros de papel porque ocupan lugar en casa y pesan en las valijas. ¿Pero habrá muchos hoy que quieran visitar la buena literatura, da igual por qué caminos y a través de qué autores, y a los que la librería de su barrio -o las cuentas de las redes sociales que sigan- les ponga esas cosas al alcance de sus manos (y de sus billeteras), o a un click de distancia en el teléfono? Sería lindo que así fuera.

-Ω-


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