El gaucho y la China



Soy (lo saben mis amigos) pretecnológico. No tengo la menor idea sobre qué hace extraordinarios a los automóviles que fabrica Elon Musk, el Leonardo da Vinci de ahora. En materia de autos, yo los cambio una vez que la vergüenza de mis familiares se vuelve intolerable. Por eso, debe pasar bastante más de una década para que yo me sorprenda con las innovaciones que trae esa industria.  Recuerdo que una vez, allá por los años noventa, fui a comprar uno y le dije al vendedor “deme el más barato que tenga aire acondicionado y radio”. El hombre me contestó “señor, todos, incluso el que se va a comprar usted, tienen esas dos cosas y además reproductor de CD”. Ahora tengo uno nuevísimo. Nada más que tres años tiene. Sigo sin creer que el limpiaparabrisas sea capaz de adivinar cuánta agua cae y regule solito la frecuencia con que se mueve. Cuando llueve me siento Steve Jobs probando el prototipo de un cacharro.

De modo que la intersección entre la tecnología reciente y yo únicamente ocurre cuando debo alquilar un vehículo, por lo general en algún país del primer mundo. Eso me acaba de pasar. Me encontré al volante de un BYD, que es un producto chino.

A poco de partir, y mientras atravesaba un puente, resolví que merecía la pena mirar un poco para el costado y apreciar el paisaje. Inmediatamente comenzó a salir del sistema de audio del auto una especie de fanfarria y el tablero desplegó un cartel: “mire hacia adelante mientras conduce”. La señora dormía. En el guion le toca habitualmente a ella esa línea, que repite con algo menos de elegancia en el vocabulario. Para descartar que se tratara de uno de mis accesos de paranoia (problema del que puedo decir con toda seguridad que lo he resuelto del todo y para siempre), me puse a hacer todo tipo de muecas. En un momento comenzó un sonido de tambores, apareció en el tablero el dibujo de una taza de café y salió un cartel, escrito en letras que parecían un titular de Crónica TV, que decía “¡Usted necesita un descanso!” Comprobé que el automóvil entiende que un pestañeo no puede durar, tampoco, más de dos segundos, y yo entre otras cosas había simulado cerrar los ojos (como hacen los japoneses, que según un amigo mío “no miran, sospechan”).

Empecé a preguntarme cómo podía ser posible que un ente inanimado hubiese descubierto mi torsión de cuello y mi caída de ojos y temí lo peor: que me estaban espiando, que lo que parece un tablero esconde del otro lado una “cámara Gessell” de esas que uno no sabe que están, operada por un chino escondido. Como en China todavía hay muchos indocumentados que nacieron durante la política del hijo único y cuyos padres han cometido el delito de “nacimiento ilícito”, nadie reclamaría nada si los incrustaran en un auto y los hicieran formar parte de un cargamento de exportación. Lo que me inquietó fue que el intruso diera información a los jerarcas del Partido sobre mis distracciones de manejo o mis discusiones conyugales, que ellos utilizarían quién sabe para qué propósito tratándose de una persona tan importante como yo. Esas hipótesis me hicieron volver rápidamente a la agencia, devolver el monstruo y continuar mi viaje en tren.

-Ω-


Comentarios

  1. Resulta que Big Brother era chino, metiche e indocumentado! Viva la diversidad!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Discriminación, desquicios y Ricky Gervais

Fundamentalismo itálico

Beneficios del yogur para la humanidad