Hacer como los romanos

      Antonio Machado alguna vez cantó Ha pasado un carretero/ que va cantando un cantar/ ¡Romero, para ir a Roma / lo que importa es caminar! / A Roma por todas partes, / por todas partes se va.

        Yo tengo más de un amigo “romanista”. Es gente estudiosa que admira a Roma por esa portentosa construcción que fue su legislación. Mejor dicho, que es su legislación. Dos milenios después siguen siendo íntegramente romanos muchísimos de nuestros principios y soluciones para administrar la convivencia mejor que con el garrote, que de eso se trata esa disciplina que llamamos Derecho.

        A mí me parece que no sólo hemos heredado la obra intelectual de los romanos. Tenemos algunas otras similitudes. Una de ellas es la abundancia de normas y la debilidad de las instituciones (entiendo por instituciones a las normas que operan en la realidad, o a la realidad que se parece bastante a lo escrito en una norma). En la Antigua Roma tal vez se encuentre el germen de que nosotros interpretemos al revés la prioridad de paso en las rotondas cuando estamos en Buenos Aires, pero bien en Colonia del Sacramento, donde la norma y el cartel son las mismas que de este lado del río, con el resultado de que, entre nosotros, la rotonda en lugar de fluidificar el tránsito logra el milagro de atascarlo.

        Es cierto que, efectivamente, durante la República parece haber nacido la idea de complejizar el organigrama del estado para que nadie pudiera decidir todo, para que hubiera por primera vez algo así como una insinuación de los famosos “frenos y contrapesos” (así hemos traducido nosotros checks and balances, “controles y equilibrios”). Las decisiones de gobierno ya no dependían de cómo hubiera hecho la digestión un monarca la noche anterior. Había cuestores, ediles, pretores, cónsules, tribunos de dos tipos y tenían un senado que en teoría no cortaba ni pinchaba pero que en realidad por momentos cortaba, y todo el bacalao. Desconfío del que diga que ha logrado entender qué le correspondía hacer a cada uno de esos funcionarios, pero la idea de repartir las competencias no estaba nada mal. Hacía un poco más difícil, aunque no imposible, organizar las transiciones y los reemplazos, porque a veces no eran tan sencillo saber a quién había que adoptar como hijo, tomar como suegro o degollar para encaramarse en alguna posición de poder (no me olvido de que en la Argentina una elección presidencial bastante enfrentó a dos candidatos que eran viuda y huérfano de expresidentes).

        Por desgracia, me parece que nuestro parecido con los romanos se extiende a algunas cositas más. No sólo porque semejante sistema de organización habrá influido, supongo, para que nuestras burocracias sean la pesadilla que son. En el plano más decisivo, el moral, la clase dirigente de Roma no era precisamente un dechado de virtudes. Los cargos públicos se compraban. Había quien se endeudaba para eso y devolvía el préstamo con el producto del formidable saqueo que le venía facilitado una vez que estaba en funciones. Algo así como el financiamiento de nuestras campañas electorales que se pagan con un cargo que viene con el mensaje “gracias, cobrate de ahí”. Los generales que volvían victoriosos de las campañas militares decidían más o menos a voluntad cuánto del botín entregaban a la Urbe y cuánto se lo quedaban como retribución por los servicios prestados para comprar estancias.

    En cuanto concierne al sistema formal de justicia, los magistrados se caracterizaban por ser fenomenalmente corruptos. A Léntulo Sura, absuelto por los jueces por dos votos de mayoría, se le atribuye haber exclamado, dándose una palmada en la frente; “¡Pero qué mala suerte, he comprado uno de más, y con lo que me ha costado…!”

        Del lado de los auxiliares de la justicia habrá habido de todo, como siempre. Pero el gremio de los abogados difícilmente habrá tenido demasiado prestigio si se trataba de influir en las decisiones de jueces de semejante ralea. Habrán repetido unos y otros, me imagino, los sonsonetes de “la majestad de la justicia” y de “la dignidad de la abogacía”, pero sin que nadie se los creyera. Del más célebre de los abogados, Cicerón, dice Indro Montanelli en su divertida Historia de Roma que era, como unos cuantos exitosos de ahora, el rey de la autopromoción. Se dedicaba a publicar sus alegatos, que a veces no coincidían con lo que había dicho en un tribunal. Y agrega Montanelli sobre ese famoso discursero: “Todo era comprado con préstamos de los clientes, pues la ley prohibía a los abogados cobrar honorarios Y los ‘préstamos’, que naturalmente no se rembolsaban, sustituían a aquéllos. Pero Cicerón imaginó, además, otro medio para enriquecerse: los testamentos, en los que se hacía nombrar heredero. En treinta años heredó de su clientela veinte millones de sestercios, equivalentes a mil millones de liras”.

-Ω-


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