Un vaso de agua no se le niega a nadie
Un señor se aloja durante una semana en un hotel de la región italiana de Trentino-Alto Adige bajo el régimen de “media pensión”. Al parecer, las bebidas están excluidas del precio del paquete. Ha de ser un buen hotel, porque paga por esa semanita la friolera de cinco mil setecientos euros. Va a comer y pide que le traigan una botella de agua del grifo. El camarero le indica que el hotel no ofrece eso, y que si quiere puede ordenar agua mineral. El cliente enarbola su derecho a tomar agua corriente. Como se ve que al hombre dispone de tiempo para el extraño (y caro) entretenimiento de lidiar durante años con abogados y jueces, el entuerto recorre todas las instancias tribunalicias y finaliza nada menos que en la Corte de Casación de Italia, que le da la razón al hotel. Los jueces afirman no haber encontrado en ninguna parte una obligación legal de los comerciantes de la restauración de apagar la sed de sus clientes con eso que los italianos llaman acqua del sindaco (agua del alcalde).
Con todo tipo de críticas a la insensibilidad de los empresarios, aparecen en los sitios de Internet dedicados a la gastronomía italiana comentarios indignados sobre lo importante que es el agua para la salud de las personas, sobre el derecho humano de acceder a ella, y referencias al derecho comparado que elogian la obligación que tendrían de suministrarla los restaurantes en Gran Bretaña y en Francia, que al parecer existe si el cliente ha ordenado alguna otra cosa. Eso quiere decir que el costo de proveer agua de la canilla, de comprar y lavar vasos y botellas, de incluir eso en el servicio, se traslada al precio del bife con ensalada, incluso para el que acompaña sus comida con agua Evian o San Pellegrino. Todavía, que yo sepa, en esos países no se han ocupado de la leche para los niños, que presumo tan importante como el agua.
Ninguna de esos defensores del “derecho humano a calmar la sed a costa del circunstancial vecino de mesa” habrá visto esta conversación que mantuvo Milton Friedman con un estudiante de Islandia que le dijo estar indignado porque su universidad se disponía a cobrar entrada para la conferencia que el economista daría allí, quebrando una tradición de gratuidad al respecto. Friedman intentó explicarle al chico que el concepto de “gratuidad” era uno de los que se utilizaban habitualmente de manera más errónea, que el sistema de precios le parecía bastante apropiado para calcular el espacio y los demás recursos que habría que asignar a la organización de la reunión y, sobre todo, para que esos gastos no fueran pagados por los que decidieran no asistir a esa conferencia. Friedman es conocido porque se le atribuye la frase “no existe tal cosa como un almuerzo gratis”, que curiosamente él no pronunció (una adjudicación tan falsa como “elemental, mi querido Watson” o “ladran, Sancho”, que Conan Doyle y Cervantes, respectivamente, jamás escribieron). La había puesto en la tapa la revista Playboy para anunciar una entrevista al ganador del Premio Nobel de Economía.
El episodio me recuerda a un amigo que, puesto horriblemente en apuros por el último tramo de su aparato digestivo, pidió utilizar el baño de un bar de Buenos Aires. Cuando le dijeron que solamente eso les estaba permitido a los clientes, tomó velozmente el menú y, luego de examinar los números que aparecían en la columna de la derecha, ordenó “un recargo de queso”.
-Ω-

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