La Argentina en una foto
Un poco a regañadientes, acepté la iniciativa de mis hijos y conocí la zona de Puerto Madryn.
Todo muy bonito. Acaso por cortesía simulé algún interés por las ballenas y los pingüinos. Pero en mi familia saben que a mí me interesa más la conducta de las personas que la de los seres irracionales. Entonces pasé un buen rato en una librería del lugar buscando algo que contara la epopeya de esos galeses que resolvieron, en la mitad del siglo diecinueve, establecer una colonia en semejante lugar remoto del planeta. No buscaba esa gente conquistar nada ajeno, sino nada más (¡y nada menos!) que preservar sus tradiciones y su incomprensible idioma, que sentían amenazados por la hegemonía inglesa.
Me alegró ver muchos libros sobre el tema. Elegí Crónica de la colonia galesa de la Patagonia, escrita por uno de esos pioneros, el reverendo Abraham Matthews, testigo y protagonista de esos días. Interesantísimo, si uno pasa por el alto el panfletario prefacio de Guillermo Saccomano. Supe que, entre otras cosas, los galeses no sólo se las ingeniaron para conseguir cosas tan elementales como agua para beber y regar, sino también para entablar una relación, no sé si cordial, pero por lo menos aceptable con los indígenas, con quienes comerciaban mediante el trueque más o menos pacíficamente.
No me puedo imaginar cuánta y cuán certera información tendrían en Cardiff sobre qué diablos era eso de la Patagonia durante "la era AG" (antes de Google). Seguramente, incluso menos que las que manejarían los españoles, italianos, croatas, alemanes, polacos, árabes, rusos, que comenzaron a llegar en cantidad importante unas décadas después. Los galeses, supongo, abrieron el camino para todos esos que no vinieron a reclamar otro derecho que el de que los dejaran trabajar en paz, gente sin instrucción que, no obstante, fundó por todas partes escuelas, templos, bibliotecas, hospitales, teatros, organizaciones de ayuda mutua. Pienso en los colonos en mi Pampa Gringa natal, en esos pelirrojos de Entre Ríos que pintó magistralmente Alberto Gerchunoff, tan judíos y tan gauchos, y en muchos otros. Habían entendido cuál era la apuesta. Lo prueba el hecho de que poco tiempo después ya hablaban de M’hijo el dotor, como mi abuela. Después vinieron unos mentirosos que les quisieron hacer creer la tontería, o el simple embuste, de que “donde hay una necesidad hay un derecho”, como tal a costa de alguien más que nunca identificaban. Y así nos fue.
Mientras comía un pedazo de la “torta galesa” que compré en una panadería que tal vez fuera de alguien con apellido español o italiano, miré la portada del libro y descubrí que la foto que aparece allí es, ella sola, un ensayo completo, la mejor descripción de lo bueno de ese experimento llamado la Argentina y que espero que no se haya arruinado del todo: el galés que aparece primero a la derecha sostiene un mate.
-Ω-

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