Bienvenidos a Europa, buon appetito et merci
Una de los sarcasmos de Borges fue afirmar que los únicos que podemos llamarnos europeos somos los latinoamericanos. Dijo eso porque, aclaró, en Europa las personas se consideran alemanas, francesas, italianas, y a veces ni siquiera eso, se presentan como bávaras, alsacianas, piamontesas o lo que sea. Nosotros, en cambio, hemos recibido, asimilado y unido todo eso en alegre ensalada. Aquí no sorprende en absoluto que alguien se llame “López Murphy” o “Fernández Capello” (ese es el apellido del cantante Vicentico).
Los “europeos de Europa”, se sabe, son bastante localistas. Cuando se trata de la comida, ni hablar. Un italiano, al considerar las diferencias entre la gastronomía de sus regiones, me dijo la cucina italiana non esiste. Otro de Mantua que hablaba de la pasta afirmó “en el sur aceite de oliva, en el norte mantequilla, la crema… cosa de franceses”.
En Pamplona se me ocurrió preguntar en un bar si había pinchos de txangurro, esa especie de pasta que hacen los vascos con un cangrejo. Sabía yo que técnicamente Pamplona no está en el País Vasco, sino en la región de Navarra. Pero está habitada por muchos vascos, tanto que el euskera es allí lengua cooficial. Con la delicadeza bien propia de esa etnia el hombre del bar me contestó, bastante contrariado y alzando la voz, “¡joder, que el txangurro no es de aquí, eso pídalo en Donostia!”. Entre Donostia (o San Sebastián) y Pamplona hay noventa kilómetros. No imagino a alguien contestando que es disparatado pedir en Baradero algo que hacen en San Nicolás.
Pensé en esa integración nuestra, poco meditada pero pacífica, cuando vi escrito en la puerta de un restaurante de Mar del Plata “El Cantábrico. Cocina mediterránea”. También, cuando el otro día en Buenos Aires leí una carta que ofrecía unos sincréticos “sorrentinos a la boloñesa” (además, por supuesto, de la infaltable y argentinísima “milanesa a la napolitana”). No sólo por el empalme inverosímil entre Sorrento y Bolonia, sino porque, sencillamente, jamás he visto en Italia algo llamado sorrentinos. Como si eso fuera poco, de postre uno podía elegir en ese lugar natillas, tiramisù o strudel de manzana. Borges no bromeaba tanto.
El que quiera conocer Europa ya sabe, que venga. Eso sí, que venga preparado para aguantar algunas adaptaciones que nos tomamos la libertad de hacer. Pero menos que las que los europeos propiamente dichos van a tener que hacer (que ya están haciendo) con motivo de ciertas visitas que les llegan sin avisar y con ganas de quedarse.
-Ω-

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