Personas y bichos
Cualquier ideología que dé importancia a la sangre termina en derramamiento de sangre.
Ayn Rand
Conozco personas muy preocupadas por descubrir el origen del prójimo. No pueden relacionarse con nadie sin antes llenar algunos casilleros que, en su particular opinión, les permitirían saber con quién están hablando. Necesitan conocer apellido, barrio de crianza, colegio. Son pocos datos, porque, como escribió Félix Luna, “la Argentina es un país sin aristocracia, basta trepar un poco el árbol genealógico para topar con el abuelo contrabandista o bolichero”. Conmigo se ilusionan preguntándome qué tengo que ver con cierto embajador. Se decepcionan cuando les digo que yo he decidido relacionarme solamente con gente elegida y que hago de cuenta que no tengo parientes, por las dudas.
Nadie puede prohibir los motivos de felicidad irracionales, sean estos el origen de los cromosomas, la forma de la nariz, la simpatía por algún equipo de fútbol o las condiciones de pelirrojo, agrimensor o lituano. Algunas causas de orgullo a mí me sorprenden. Con riesgo de ser políticamente incorrecto, jamás entendí “el orgullo gay” que se expresa en las manifestaciones. Es imprescindible combatir la discriminación contra las personas homosexuales, pero eso no significa que esa condición justifique el orgullo, tampoco la vergüenza. Nadie sale por ahí con un cartel que dice “me enorgullezco de ser heterosexual”. La comunidad judía, que brinda un enorme servicio a la humanidad manteniendo vivo el recuerdo de la atrocidad del holocausto, no lo hace enarbolando “el orgullo de ser judío”. Condena el holocausto.
Lo mismo pasa con el nacionalismo (que según Pio Baroja "es una enfermedad que se cura viajando"). A mí no me enaltecen Leloir o Messi, como tampoco me envilecen Rosas, Perón, Videla o Firmenich, para nombrar sólo a algunos personajes que no me generan precisamente admiración. Borges dijo una vez que le había sorprendido que un argentino se jactara de tener origen vasco, “un pueblo que ha permanecido al margen de la historia y que no ha hecho otra cosa que ordeñar vacas”. Un exabrupto poco feliz. De ese pueblo eran San Ignacio de Loyola y Unamuno, y lo son Fernando Savater y el cocinero Martín Berasategui, aunque en eso nada ha tenido que ver mi abuela, que se llamaba Albaizeta.
A mí me parece que lo único que puede y debe producir orgullo, que yo prefiero llamar “autoestima”, (imprescindible para no suicidarse) es lo merecido y ganado. Y eso solamente puede ser individual, no heredado. Ayn Rand pensaba que el juicio colectivista según el cual la sangre no transmite sólo características físicas sino también una condición moral, proviene de lo que ella llamó “el mito monstruoso del Pecado Original”. Es la idea de que nuestra vida de padecimientos en esta tierra se debe al desliz de unos antepasados sobre los que no teníamos ningún el control porque no habíamos nacido.
Tuviera el asunto algo que ver o no con los finados Adán y Eva, se trata de la incapacidad de distinguir a un individuo de otro. De clasificar a la gente como se hace con los insectos. A un entomólogo no le interesa descubrir las particularidades de la conducta de determinada cucaracha, sino lo que tiene en común el comportamiento de todas las cucarachas. Lo mismo pienso del que anda por la vida difundiendo el apellido del novio de la hija. O de cómo éramos en mi pueblo natal, donde no había negros ni, que yo recuerde, ningún aristócrata, y entonces despreciábamos a “los de atrás de la vía”. Supongo que para ellos seríamos nosotros los que vivíamos “detrás” de esa frontera social de caprichoso origen ferroviario.
Lamentablemente, los humanos no somos fáciles de corregir. Un chiste cuenta que en la Sudáfrica integrada posterior a Mandela comienzan a pelearse blancos y negros en un transporte público. El conductor, indignado, les grita “¡Acá se ha terminado el racismo por el que fuimos la vergüenza del mundo, ya no hay más blancos ni negros, ahora somos todos verdes! A ver, a ver, para que no se arme lío otra vez los verdecitos más claros se me van ubicando en los asientos de la derecha y los verdecitos más oscuros, en los de la izquierda”.

Comentarios
Publicar un comentario