Higiene y puericultura





    Cuando transcurre, impiadoso, eso que llamamos tiempo y está más próximo aquello que acabará con él y no queremos siquiera nombrar, no deja de haber motivos para la celebración.

       Que ya no se justifique el terror de morir joven es gozoso. No tanto, el descubrimiento de que también con el tiempo juega la ley de la oferta y de la demanda: las horas siempre han tenido sesenta minutos, pero cuando son menos las que nos quedan en el carretel importan más. Esa valoración un poquitín angustiante de lo escaso nos regala también una habilidad que aprendimos, como todas, a fuerza de tropezones. Me refiero a la de discriminar.

    Sí, el verbo tiene mala prensa. Lo usamos solamente para referirnos a esa forma depravada de perjudicar a alguien nada más que por su pertenencia a determinado grupo. Pero el diccionario que hicieron los ancianos de Madrid nos dice que su primera acepción es “elegir excluyendo”. Puede uno (en realidad, debe) discriminar racional y saludablemente todo el tiempo. En ese sentido, discrimino al dueño del teatro cuando decido ir al cine, y que yo sepa nadie me ha reprochado hasta ahora semejante actitud. Al elegir compañera no lo he hecho por odio a todas las demás mujeres que hay en el mundo: he preferido a una.

      Yo no tenía idea de que esta etapa me traería tanto bienestar, que haría la digestión mejor que nunca. Y eso se lo debo a mi decisión de discriminar implacablemente a dos tipos de criaturas que aparecen todo el tiempo. Lo hacen inesperadamente y en las circunstancias más variadas, como en una guerra de guerrillas, como si formaran parte de una organización tan secreta como eficiente y destructiva.

       En primer lugar, los narcisistas. Son los principales ladrones del tiempo ajeno. Se lo llevan a raudales. Y a cambio de nada (por eso son ladrones y no mercaderes, que siempre algo dan a cambio de lo que toman).

    No se trata de gente que procura su propio bienestar, algo imprescindible para no morir. El egoísmo, entendido como la búsqueda honesta de lo que conviene, es lo que cabe esperar, respetar y admirar de un ser vivo. Las plantas y los animales no tienden a la muerte, sino a la vida. Si todos anduviéramos satisfaciendo deseos ajenos a tiempo completo, eso equivaldría a un suicidio colectivo. No, no, el narcisista no se limita a procurarse lo que le hace bien, sino que piensa que está solo en el mundo. O, tal vez, algo peor que creerse un Robinson Crusoe, entiende que el género humano solamente vive en función de él, que el prójimo ha sido puesto allí para complacerlo o consolarlo, cuando lo quiere, o que intenta arruinarle la vida las veinticuatro horas del día, si es que lo detesta. Todo ocurre, para el narcisista, en función de sí mismo. Se ve como el centro de un sistema solar de los que, a diferencia de los verdaderos, en el universo hay uno solo. Es como un hijo único demasiado consentido que ha quedado pequeñito para siempre.

    He hecho lo mismo con otro tipo humano que nos consume una cantidad excesiva de energía sin ningún provecho para nosotros. Es alguien que no tiene características tan grotescas como el narcisista. Por eso es más difícil de aislar. Es “el competitivo porque sí”, el sujeto que cree vivir en un constante certamen para demostrar, sobre cualquier tema de conversación, que sabe más o que lo hace mejor. 

    Si le cuento que he leído algo, él destaca que el mejor libro de ese autor es otro. Si le envío una foto decadente en que estoy posando frente al Central Park me pregunta si he ido a un restaurante tailandés que hay por ahí, muy poco conocido (él sí lo conoce), pero que es un programa ineludible si uno quiere disfrutar de veras la ciudad de Nueva York. Me señala que él ha aprovechado bien la visita, y que yo he desperdiciado mi tiempo. No le basta con saber que debí viajar a Trenque Lauquen, necesita indicarme que omití un camino alternativo que es mucho más rápido que ese que yo tomé porque me lo había indicado el Waze (es que él sabe más de rutas que Google, la dueña de Waze).

    Al principio, la desesperación con que esos individuos me demostraban la necesidad de medirse todo el tiempo contra cualquiera que se les pusiera enfrente me causaba un poco de lástima, o por lo menos ternura. Los que saben de psicología me explicaron que se trata de personas inseguras que no puede sostenerse por la vida sin confirmar a cada rato que no son tan torpes o débiles o tontas como sospechan cuando se quedan solas. A las lecciones que me daban, y que dejaban siempre mis actos en el segundo puesto, respondía yo con alguna expresión que indicara mi admiración. Pensaba que con eso las tranquilizaría, como si les dijera “¡tranquilo, pibe, que has ganado!”. Pero a poco de poner eso en práctica entendí que mi veloz rendición incondicional acompañada de algún elogio les transmitía que a mí esa competencia (y por ende la victoria de ellas) me importaba medio pimiento. Eso las enfurecía. Necesitaban que yo me afligiera y pataleara mientras mordía el polvo de la derrota. Y yo, para morder, prefiero otras cosas.

    Mi nueva capacidad de detectar a los que recibieron demasiados elogios de sus padres o, al revés, demasiadas críticas, me ha proporcionado una dosis notable de bienestar. Despacharlos apenas los individualizo y eliminarlos de mi “lista de contactos mentales de Whatsapp” me ha hecho sentir mucho más liviano a pesar de que según la balanza no he perdido ni medio kilo. La vida, con su carga de tribulaciones, es hoy para mí un poco más bella. Trabajosamente, pero lo logré solito. Y gratis, como se consigue lo más valioso.

-Ω-


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