Conmigo no cuenten

   

      "Si yo fuera rico...", cantaba el adorable Tevie de El violinista en el tejado. Si yo lo fuera, no sé lo que haría. Pero creo saber lo que no haría, y eso es un montón.

    El personaje que siempre me ha parecido más depravado de todos los que se ocurrieron a Disney es el tío rico del Pato Donald. Y eso que viene de antes de que esa empresa se volviera estúpidamente woke. Es que yo nunca he visto un sujeto cuyo placer fuera sentarse a contemplar sus ahorros. La gente rica que he conocido no quería los billetes para eso, ni para comérselos con mayonesa, sino para comprar cosas que otros desearan vender, para emplear gente que le sirviera el café o para invertirlos en alguna actividad productiva que generara trabajo, pago de impuestos y demás beneficios también para el prójimo. Si los beneficios están o no suficientemente repartidos es cuestión de preferencias, pero la Economía enseña que existen para todos. El estrafalario pastor evangélico conocido como Reverendo Ike, un afroamericano que se paseaba por Nueva York en un Rolls Royce y predicaba entre los pobres las bondades de ganar dinero, dijo algo que culturalmente nos suena un poco feíto, pero que es verdad: “lo mejor que uno puede hacer por los pobres es no ser uno de ellos”.

    Así y todo, admito que hay gente obsesionada con acumular una riqueza que no estará jamás en condiciones de disfrutar del todo. Pero esos individuos en realidad no tienen nada de egoístas. Todo lo contrario: eligen trabajar para otros, todos esos beneficiarios desconocidos y, desde luego, las generaciones que les siguen en su familia. Como dice un amigo brillante y un poquitín ácido, “toda herencia es un error de cálculo”.

    Por eso me pareció interesante esta nota sobre un multimillonario que terminó viviendo en un departamento alquilado, que no viajaba en primera porque decía que el avión llegaría a la misma hora aunque él fuera en clase turista, que se dio cuenta de que un reloj de diez dólares le daba la hora igual de bien que otro carísimo y que no entendía el beneficio de que alguien que tiene solamente dos pies necesitara más de un par de zapatos.

    Parece que el hombre dejó su fortuna a la caridad. Bueno, no toda, su exmujer y sus hijos se quedaron con “modestísimos” ciento y pico de millones de dólares, la nada misma al lado de lo que habrían tenido derecho a heredar si las cosas hubieran seguido su cauce natural cuando debieron encontrarse la Biología y el Derecho (los testamentos no existen principalmente para beneficiar a uno, sino para joder a varios, dado que desvían el destino de lo que los parientes recibirían si no existiera ese papel desagradable).

    Me sentí identificado con el personaje. No, desde luego, porque nuestras situaciones económicas pudieran parecerse. Tampoco, porque yo sea de los que elogian la humildad, que nunca me ha parecido una virtud: cada vez que me dicen de alguien que es “humilde” me encuentro con un hipócrita o con uno que anda flojísimo de autoestima. La sencillez es otra cosa, y yo la admiro e intento cultivarla. Pero cada tanto me gusta imaginar qué haría yo, o más bien qué no haría, si fuera una de esas personas obscenamente ricas que he conocido por mi profesión. Es un ejercicio de pura fantasía porque para mí ya es tarde para nacer, y ni siquiera sé lo que es comprar un billete de lotería.

    Mi reflexión no va en la dirección de predicar que lo material no es lo importante, que lo único relevante es lo espiritual y ñoñerías por el estilo. A mí sí me importa lo material. Y no solamente para las necesidades esenciales, que afortunadamente y por ahora tengo cubiertas (por eso mismo, me parece un insulto decirle a alguien que padece hambre o frío que no se aflija porque tiene el afecto de sus seres queridos), sino también para lo que podríamos considerar superfluo. Entre el café La Morenita de sabor tropical y rendimiento kilométrico y uno que me sirvan en la barra del Gambrinus de Nápoles, entre sentarme con una reposera a mirar la Costanera de Buenos Aires y pasar unos días en el archipiélago de Los Roques de Venezuela, entre el salchichón primavera que venden en la esquina y un jamón  de Jabugo de cerdo Pata Negra alimentado a bellotas, no voy a mentir sobre lo que prefiero. Tampoco caigo en esa otra bobada de considerar perverso al dinero. Cuando se lo gana honestamente es el fruto del esfuerzo. Y si trabajar es virtuoso, si hacerlo dignifica y blablá…, entonces jamás su producto podría ser maligno. Como el martillo o cualquier otra herramienta, el dinero carece de virtudes y vicios. En términos morales es el que lo ganó quien merecerá el elogio o la condena, según lo haya ganado y según lo use.

    ¿Qué haría yo si me pasara eso que muestran en algunas películas y me dijeran que tenía una tía de la que jamás había oído hablar y que recibiré de ella una herencia descomunal? Me parece que no encontraría atractivo manejar un auto más caro que el normalito que tengo (ya me parece un privilegio habérmelo podido comprar), ni en vivir en más metros cuadrados que los que tiene mi casa ni en ir a comer más seguido afuera ni en tener ropa en mayor cantidad o de marcas más caras. ¿Razonamiento de pequeño burgués satisfecho? Puede ser, y a mucha honra: lea el que quiera la monumental trilogía sobre las virtudes burguesas que escribió la gran Deirdre McCloskey y hablemos después.

    Admito que seguramente algún viajecito más haría y que dormiría en hoteles mejores que los que suelo usar (sólo un poco mejores). Pero ni bajo tortura me ocuparía de mantener barcos y aviones para aguantar los entuertos de sus tripulaciones, de supervisar la administración de campos y empresas, de presidir tediosas reuniones de directorio llenas de gente que se la pasaría adulándome y fingiendo ser imprescindible para justificar sus salarios. Aunque la gestión de los asuntos diarios les toque a otros, hay que controlar para que esos otros no terminen quedándose con todo. No hago como la zorra con las uvas, de veras me fastidiaría dedicar media hora de mi vida a aprobar el presupuesto del año que viene para el mantenimiento de mi casa en las islas griegas (el ejemplo no es caprichoso, conocí a un belga que tenía una, y cuando lo vi el desgraciado me dijo que hacía dos años y medio que no la pisaba "por falta de tiempo"). Yo no tengo ni idea cuánto cobran los plomeros donde vivo, imagínense si podría conocer las tarifas de los de Santorini. Ni hablar de los pedidos que me harían tantas organizaciones de caridad. Ya me molestan el hijo de una vecina que me quiere vender una rifa “para la gira de rugby” y el cargoso de la cooperadora de los bomberos voluntarios de General Pacheco, y esos dos me tocan el timbre solamente una vez al año.

    Intuyo que el hombre de la nota hizo algo bastante razonable. A mis hijos les digo: si están pensando en comprarse estancias, yates o pisos en Manhattan cuando yo pase al lado menos conveniente del césped, abandonen semejante ilusión, no cuenten conmigo. Todo eso, se entiene, si una tía llegara a aparecer (o más bien a desaparecer).

-Ω-


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