Un camino hacia la felicidad (reseña bibliográfica)
El autodidacta siciliano Salvatore della Crusca (Palazzo Adriano, 1919 – Trípoli, 1992) fue un pionero del género literario “libro de autoayuda”, y de la disciplina que después se llamó "coaching ontológico". El éxito de ventas de su legendario Tratado de la felicidad solamente fue superado en Italia por Il gattopardo y, mucho más tarde, por las memorias de Rafaella Carrà.
Della Crusca debió partir al exilio en Libia por ciertas ligerezas que cometía al comunicarse con los miembros de una organización de Palermo que lo había contratado para motivar a sus equipos de liderazgo y para ordenar un poco sus procesos, como necesita cada tanto todo negocio que ha crecido desmesuradamente. Dado que durante las sesiones ninguno de sus pacientes abría la boca, y después tampoco, él no podía comprobar si habían comprendido sus consejos. Entonces, a modo de cortesía, comenzó a enviarles por correo un resumen escrito de lo que había dicho. Como casi todos los destinatarios de ese material vivían escondidos, algunos desde hacía décadas, y Salvatore ponía sus nombres y direcciones en el sobre, comenzaron a buscarlo con particular intensidad los Carabinieri y, mucho más preocupante, algunos de sus rencorosos exclientes, los pocos que continuaban en libertad después de ese descuido epistolar.
Un capítulo muy interesante de su obra lleva por título Tratá de no ser tan idiota, tratá (lo que por fin explica por qué un libro como ese se denomina “tratado”). Allí el autor nos estimula a pensar cuántas tribulaciones evitaríamos, cuántas ansiedades, decepciones y penurias nos ahorraríamos, todo lo que mejoraríamos la calidad de nuestro sueño y de nuestra digestión, si nos tomáramos el trabajo de despejar algunas confusiones bastante frecuentes.
“La tarea -escribe della Crusca- es ardua, como todo lo que exige el propósito de vivir de manera mínimamente aceptable. Pero sin diagnóstico no puede haber tratamiento, hay que empezar haciendo ‘espejito, espejito’ e identificar nuestros errores”. El autor señala como principales a tres, que resumo con mis palabras para luego transcribir el fragmento pertinente de la obra.
1. Hay que distinguir la legítima búsqueda de nuestro propio bien, sin otro límite que la prohibición de jorobar a nuestros semejantes, del patológico narcisismo, la fantasía de que todo ocurre con referencia a nosotros, que somos como el centro de un sistema solar, que la humanidad se propone todos los días complacernos o urdir alguna conspiración contra nosotros.
Dice el autor: “El universo tiene, efectivamente, muchísimos soles, pero el que lo diseñó ha dejado entre ellos suficiente espacio para que no anduvieran chocando permanentemente. Si tuvieran razón todos los narcisistas que hay en circulación, sería demasiada la gente de la que cada uno de nosotros debería ocuparse para satisfacerla (advertencia: a esos individuos tan voraces nunca nada del resultará suficiente) o para amargarle la vida (eso es facilísimo de lograr, el narcisista lo está esperando para confirmar su sospecha).”
2. No son lo mismo la desagradable arrogancia y la autoestima, un ingrediente imprescindible para levantarse todos los días y que no sea en vano.
Dice el autor: “Cultivar la autoestima es trabajoso. Pero algunos papiros que sobrevivieron a la destrucción de Cartago por los romanos se anticiparon más de dos mil años a los libros estadounidenses de autoayuda del tipo “sea feliz en ciento cincuenta páginas”. En uno de esos volúmenes hay ciertas recomendaciones que han demostrado ser muy efectivas para este propósito. Por ejemplo, preguntarse cada noche mientras uno se lava los dientes “¿por qué no me he suicidado hoy?” La técnica no carece de riesgos, podría dar una idea al indeciso. Pero importan los grandes números de la estadística: en la mayor parte de los sujetos ese ejercicio de introspección funciona muy bien. Las personas no se resignan a renunciar al aperitivo del día siguiente con los amigos en el bar de siempre, algo que además de hacerles bien les hace suponer que también hay gente que quiere verlas aunque no necesite nada. Ese suele ser el comienzo de la recuperación anímica del paciente.”
3. Una cosa es la indudable ventaja de caer bien al prójimo y otra, la dependencia de las opiniones que los demás tienen sobre nosotros.
Dice el autor: “Dedicamos demasiada energía a construir la imagen que tenemos de nosotros mismos según la vayan expresando nuestros vecinos. Es esa la actitud propia de un parásito, de alguien que vive de lo ajeno, que necesita la opinión de otro para no derrumbarse, como les sucede a los políticos. El esfuerzo no controlado por agradar no vale tanto la pena, por tres motivos: a) el prójimo suele ser bastante hipócrita cuando nos elogia; b) los otros cambian de parecer sobre nosotros más a menudo que de camisa; c) ese juego transcurre en un campo asimétrico, desnivelado, ya que en la mayoría de los casos a los demás les importa medio pimiento lo que tenga que ver con nuestra persona, excepto lo que opinemos de ellos cuando padecen el problema señalado en el punto 1.”

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