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Bella Italia

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Un profesor que conocí en Chicago enseñaba algo que ahí llamaban cross-cultural negotiation . Me dijo durante un almuerzo que él podía describir las características de cada pueblo con generalizaciones porque ponía un océano en el medio; de lo contrario, pensaba, sería considerado un racista. Si tuviera alguna utilidad descubrir de dónde provienen nuestros cromosomas (a un loco en Alemania le pareció una vez que ese era un dato relevante), yo debería decir que solamente la mitad de los míos llegó alguna vez desde Italia. A pesar de eso mis amigos saben que es el país que más quiero. Ocurre que según mis absolutamente arbitrarias preferencias en Italia está la lengua más bonita, la mejor comida, el cine que más me gusta, una concentración inagotable de arte viejo y nuevo, y sus paisajes me parecen extraordinarios. No necesito más razones para volver siempre que puedo. En cuanto a su gente, un pueblo que puede fabricar un gobierno entre la Lega y el M5S es capaz de cosas incluso...

Una inversión a largo plazo (si Dios quiere)

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La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la de los mormones, tiene un problemita. Como es bien sabido, se trata de una confesión nacida en los Estados Unidos hace menos de dos siglos cuyos fieles se asentaron principalmente en el estado de Utah después de haber sido perseguidos por tener algunas costumbres algo heterodoxas en opinión de los puritanos de la época (como la poligamia, práctica que luego abandonaron). Hoy es una iglesia muy respetada y algunos de sus integrantes ocupan puestos relevantes en la vida pública. El excandidato republicano Mitt Romney y el hotelero Marriott, por ejemplo. El portentoso coro del Tabernáculo Mormón tiene trescientos sesenta miembros y lo acompaña un órgano de once mil tubos. Hay que imaginarse nada más lo que serán los camarines del sitio en que actúa, o los baños que usarán los coreutas durante el entreacto para darse cuenta de que es gente que hace las cosas a lo grande. Ocurre que alguien ha denunciado a esa organizac...

Yo acuso (el plagio de Arreola)

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Facundo Cabral solía decir que García Márquez le había plagiado  Cien años de soledad  aprovechando que a él todavía no se le había ocurrido. Lo de Cabral parece nada más que una portentosa y divertida alegoría de la arrogancia, pero esos plagios asincrónicos no tienen nada de asombroso. Es nuestra modesta concepción del tiempo como algo lineal, idea que precisamente los habitantes de Macondo demostraron equivocada, la que impide darnos cuenta de que a menudo la copia se anticipa a la obra original; el texto que aparece después no es la consecuencia del primero, sino su antecedente. Ha pasado algo parecido con la aun más misteriosa interacción entre los libros y la realidad. Y no sólo porque ha habido, y hay, mucha gente dispuesta a degollar semejantes nada más que porque le dijeron que ese pasatiempo había sido recomendado en un libro. En  Tlön, Uqbar, Orbis Tertius  Borges no bromea tanto (salvo cuando enumera un montón de citas apócrifas) a...

Checkpoint Charlie de acá

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Vivo en un país donde a alguien se le ocurrió que el valor que debía instalar es la solidaridad. Acaso con alguna omnipotencia un gobernante pensó que, lapicera en mano, él podía modificar valores predominantes en la comunidad. Hasta incluyó esa palabra en el nombre de leyes tributarias, que son todo lo contrario de los gestos solidarios (a mí la palabra “impuesto” me suena más a participio del verbo imponer que a corazones compasivos, pero no hay nada más plástico que un idioma). Pienso -no es tampoco ningún hallazgo- que si algo conspira contra la solidaridad es la desconfianza. Si alguien no merece compasión es el tramposo: nadie da limosna si descubre que la desgracia del mendigo es simulada. Y nosotros no nos caracterizamos precisamente por confiar mucho unos en otros. Salvo un amigo del presidente, tan rico que le presta un piso en Puerto Madero, pero de esos no conozco ningún otro. ¿Qué exagero con que vivimos en una sociedad de desconfiados? Lean un día mío (es más c...

Prefacio a la nueva edición de un libro

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Cuando alguien indicó que se había publicado un nuevo título de Mallea, Borges reconoció que el hombre generaba buenos títulos, aunque era una lástima que se empeñara en agregarles después un libro. Yo he descubierto que reeditar algo permite el placentero ejercicio de agregar un prefacio, aunque no sea bueno. Voy, entonces, por el segundo, todavía bastante lejos de los cincuenta y nueve que Macedonio antepuso a su única novela.   Esta segunda edición algo precipitada no se explica por ningún éxito de ventas (Amazon vendió exactamente treinta y dos unidades de la edición electrónica, casi todas en lugares remotos donde no se habla español), sino por la desmesurada cantidad de errores que contiene la primera. Esos errores fueron tantos que en lugar de invitar a los lectores al juego de detectarlos habría sido más económico pedirles que identificaran las frases bien construidas. De todos modos, he mantenido algunos errores para justificar futuras ediciones, y sobre todo...

Sermones de aeropuerto

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“Somos lo que comemos”, me dice un vegano  a  la entrada de un aeropuerto, y me explica que el episodio traumático que vivió la vaca en los instantes previos al sacrificio impregna todas mis células,  y que esa es la explicación de m i carácter intolerante y agresivo. O sea, yo no soy así por haber vivido cerca de seis décadas en la República Argentina y dedicarme a cuestiones jurídicas, sino por haberme masticado unos cuantos bifes de chorizo. Dada esa suerte de “transmisión celular de temperamento”, parece que mi alternativa es andar por la vida cargando con la denigración de haber sido meado varias veces al día por gatos y otras criaturas igualmente desagradables, que eso es lo que suele ocurrirle a la lechuga. Humillado o violento . Una decisión difícil.   Tal vez exagere el vegano   y  no seamos lo que comemos,  pero sí un poquito  “ como ”  comemos.   No es novedad que los argentinos padecemos de cierta, digamos, endoga...