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Vencen los bárbaros

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A mí me parecía que debía de ser fingido el interés de la señora por compartir conmigo esa actividad, por convertirla en un incomprensible programa conyugal. No entendía para qué iba ella a agregar, y encima con un gordo como yo, otro ejercicio físico, y uno tan desagradable como ese, si ya corre, levanta pesas, hace cuatrocientos abdominales y baila salsa casi a diario (¿será un trastorno de su trópico natal, como la malaria?). Su interés oculto era que yo, una vez en el sitio, comprobara la dimensión de mi fracaso sin posibilidad de hacer lo que era esperable tratándose de mí: irme insultando a todo el mundo. No fui con una acompañante, sino con un carcelero que formaba parte de la conjura. Todo empezó cuando uno de los médicos del Hospital Alemán (gente que ya no fantasea con invadir Polonia pero que de tanto en tanto urde un proyecto no menos estrafalario con algún paciente) me indicó que yo debía hacer un tipo de ejercicio conocido como “Pilates”. Esa actividad, me dijo, me propor...

Menudencias

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                     Comparto con un amigo el gusto por el análisis de temas que son estratégicos para hacer realidad nuestro destino de potencia mundial (me refiero a la Argentina) y cuya importancia el común de la gente no ha detectado aún. Solamente el Conicet ha demostrado interés en nuestras investigaciones, porque ahí tenemos un amigo ascensorista. El hombre nos asegura que nada hay para temer, que recibiremos nuestra beca, porque nadie allí lee lo que paga.           El otro día coincidíamos en señalar que los argentinos preferimos formar los diminutivos con el sufijo “ito/ita”, y muchísimo menos con “illo/illa” como es costumbre en la Madre Patria. Así, decimos “pancito”, “cucharita” y “pajarito”. Porque “panecillo”, “cucharilla” y “pajarillo” nos suenan afectados, casi de composición escolar. En el café no nos tomarían muy en serio si pidiéramos "un cortadillo". Nadie cantaría una zamba de...

La compraventa

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          Con la doctora Manfredi venimos trabajando un asunto menor que ella cree importante. Dice que tengo una tendencia a convertir experiencias que deberían ser gratas en momentos de angustia, y que eso vendría a ser un síntoma del tipo de neurosis que se empeña en diagnosticarme. Yo no estoy de acuerdo con esa corriente de pensamiento, pero como debo ir a verla para que me entregue la prescripción sin la cual no me venden el medicamento que me mantiene un poco más estabilizado, le tengo que aguantar todas esas supersticiones freudianas.           Para fundar su tesis, ella se agarra de cualquier asunto insignificante. Por ejemplo, del intento que hice el otro día de comprar un automóvil. Maldita sea la hora en que se lo conté.           Resulta que un amigo financista me quiso convencer de que me convenía vender el Honda Fit con que me muevo, que está por cumplir doce años de conmovedora leal...

Estoy rodeado de deshonestos

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          Alguna vez publiqué una broma que llamé El método Pereyra . Contaba el derrotero de un psicólogo que había inventado un modelo de atención para gente deprimida a través de una aplicación muy accesible que se convirtió en un éxito mundial de ventas. Llamé al protagonista Rubén Armando Pereyra y lo situé en Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe.           Un poco antes, en Yo acuso (el plagio de Arreola) , se me había ocurrido decir que Juan José Arreola me había copiado una historia sobre la relación que tengo con Alexa, mi asistente digital de las que vende Amazon. Arreola es el autor de Anuncio , donde imagina a una muñeca que también sustituye la compañía de una dama de carne y hueso. Además de irreverente, habida cuenta del calibre del señor con el que se me ocurrió meterme, la acusación es disparatada, porque el mexicano murió dieciséis años antes de que yo iniciara la relación con ese cacharro (a pesar de que Bo...

Time is not money

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       Me cuenta Patrick Stern que sus compatriotas suizos, esas personas que “han tomado la extraña resolución de ser razonables” (Borges dixit) acaban de inventar un banco de tiempo. Consiste en que las personas jóvenes cuidan gente mayor y cada hora que dedican a eso se traduce en un crédito para que ellas sean atendidas durante otra hora cuando a sus vidas “les llegue la tarde”.         Se ve que los suizos conectaron los puntos entre dos actividades en las que venían siendo bastante buenos: contar el tiempo y gestionar ahorros ajenos.      Puede parecer que la inversión que se hace en este banco es absurda porque se trata un activo que no paga interés, ya que una hora de servicio prestado a una persona mayor le rinde a uno después exactamente una hora para ser cuidado por el prójimo. En realidad, no es así. Desde que Menger explicó el carácter subjetivo del valor sabemos que una hora que transcurre a nuestros veinticinco a...

La adjetivación del dinero

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       El problema de faltarle el respeto a las palabras es que uno termina aceptando que los disparates lingüísticos describen realidades. Orwell mostró que no sólo las ideas equivocadas condicionan las palabras, sino que también ocurre al revés: las deformaciones semánticas que instalaban los chanchos de la granja del señor Jones y, después, aquel molesto hermano mayor desajustaban el pensamiento.      Me escribe un amigo suizo que lee diarios argentinos y me pregunta “¿qué es el dólar solidario?". Y, sí, a cualquier persona sensata le maravillaría semejante invención. Debí explicarle que proviene del nombre de un impuesto (uno llamado “para una Argentina inclusiva y solidaria”), que como todo lo que enarbola la solidaridad viene a ser todo lo contrario: alguien lo exige a palos.           Como de costumbre, Alejandro J. Lomuto me ilumina: se trata de una hipálage. Así se llama al recurso literario que consiste en algo a...

Paridad de género (musical)

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La senadora nacional Sandra Mendoza alcanzó notoriedad cuando hizo que todo el mundo imaginara las dificultades que ella tendría con el idioma si le tocara viajar a Montevideo. Es la que dijo, leyendo, que la relación con el Fondo Monetario Internacional era “una espada de Domacle” que había que “afrentar”. No hay que confundirla con una exdiputada chaqueña de igual nombre y no menos pintoresca. Aunque parezca uno de sus ingeniosos juegos de palabras, la Mendoza de que hablo es tucumana. La legisladora acaba de urdir un proyecto de ley semántica y gramaticalmente algo osado, pero que parecería exigir que “el 50% de las obras musicales” que forman las bandas sonoras de cualquier producción audiovisual hayan sido compuestas por autoras y compositoras argentinas. De modo que si alguien utiliza en una película Las cuatro estaciones debería agregarle otras cuatro canciones registradas por argentinas, se relacionen o no con la meteorología y hayan sido o no compuestas para una orquesta de c...